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MAYA E ILUSION
Swami Vivekananda
(Conferencia pronunciada en Londres)
Casi todos habéis oído ya la palabra "maya"
. Por lo general se la emplea, aunque incorrectamente, como ilusión o
alucinación, o algo por el estilo. Pero la teoría de maya forma uno de los
pilares sobre los que se apoya el Vedanta, de modo que es necesario comprenderla
bien. Os pediré un poco de paciencia, puesto que es grande el riesgo de equivocarse. La
más antigua idea de maya que encontramos en la literatura védica, tiene el
sentido de ilusión; pero en esa época no se había llegado aún a la verdadera teoría.
Encontramos pasajes como éste: "Indra, por su maya, asumió diversas
formas." Es cierto que aquí la palabra maya designa algo como magia, y
hallamos varios otros pasajes donde tiene siempre la misma acepción. Después, el
término maya fue perdido de vista por completo; pero durante ese tiempo, la idea
se desarrollaba. Más tarde, se planteó la siguiente pregunta: "¿ Por qué
no podemos conocer este secreto del universo?" Y la respuesta dada fue muy significa.
tiva: "Porque hablamos en vano, porque estamos satisfechos con las cosas de los
sentidos, y porque estamos corriendo tras nuestros de. seos; por lo tanto cubrimos, por
así decir, la Realidad con bruma." Aquí, la palabra maya no es empleada en
absoluto, pero se nos da la idea de que la causa de nuestra ignorancia es una especie de
bruma que ha venido a interponerse entre nosotros y la Verdad. Mucho más tarde, en uno de
los últimos Upanishads, vemos reaparecer la palabra maya, pero en ese
momento ya se había operado una transformación, y múltiples significados nuevos se
habían agregado a ese término. Algunas teorías habían sido propuestas y otras
repetidas; algunas sólo habían sido esbozadas, hasta que, finalmente, la idea acerca de maya
se fijó. En el Shvetáshvatara Upanishad leemos: "Sabe que la naturaleza
es maya, y que el que gobierna esta maya es el Señor Mismo". Pasando a
nuestros filósofos, vemos que el término maya ha sido manipulado por ellos en
varias formas, hasta que llegamos al gran Shankaracharya. Los buddhistas también han
manejado un poco la teoría de maya, pero entre sus manos se ha vuelto muy
semejante a lo que se llama Idealismo, y tal es el sen-tido que, en general, se da
actualmente a esta palabra. Cuando el hindú dice que el mundo es maya, inmediatamente
la gente tiene la idea de que el mundo es una ilusión. Esta interpretación no dej a de
estar un poco justificada, puesto que proviene de los filósofos buddhistas, entre los que
había un grupo que no creía, absolutamente, en el mundo exterior. Pero en el Vedanta tal
como se desarrolló finalmente, maya no es ni Idealismo, ni Realismo, ni es una
teoría. Es una simple aserción de los hechos: lo que somos y lo que vemos a nuestro
alrededor.
Como ya os he dicho, quienes nos han transmitido los Vedas
aplicaban su mente en seguir los principios, en descubrirlos. No tenían tiempo de
elaborar los detalles ni de esperarlos; querían penetrar profundamente en el corazón
mismo de las cosas. Algo que hay más allá los llamaba, por así decir, y no podían
esperar. Es. parcidos en los Upanishads, encontramos que los detalles de temas que al
presente llamamos ciencias modernas, son a menudo muy erróneos, pero al mismo tiempo
vemos que los principios son correctos. Por ejemplo, la idea del éter, que es una de las
teorías más recientes de la ciencia moderna, se encuentra en nuestra literatura antigua
en forma mucho más desarrollada que en la actualidad, pero allí estaba como principio.
Cuando ellos intentaron demostrar cómo funcionaba ese principio, cometieron muchos
errores. La teoría del principio vital que penetra todo, y del cual toda vida en este
universo no es más que una manifestación diferenciada, era comprendida en la época
védica; se la encuentra en los Brahmanas. En los Samhitas hay un largo
himno a la gloria del prana, del cual toda vida es sólo una manifestación. Y a
este respecto, algunos de vosotros se enterarán tal vez con interés de que en la
filosofía védica hay teorías relativas al origen de la vida sobre nuestra tierra, que
se asemejan mucho a las que han sido formuladas por algunos sabios europeos modernos.
Todos vosotros sabéis, desde luego, que hay una teoría según la cual la vida ha venido
de otros planetas. Algunos filósofos védicos establecieron una doctrina según la cual
la vida viene en esa forma de la luna.
Pasando a los principios, hallamos que estos pensadores
védicos eran intrépidos y maravillosamente amplios, al proponer teorías grandes y
generalizadas. La solución que ellos han dado respecto del misterio del Universo del
punto de vista del mundo exterior, era tan satisfactoria como puede serlo. Los trabajos en
detalle de la ciencia moderna no han hecho avanzar un sólo paso hacia una solución, por
cuanto los principios han fallado. Si la teoría del éter no ha logrado en la antigüedad
dar una solución al misterio del Universo, la elaboración de los detalles de esta
teoría no nos acercaría mucho a la verdad. Si la teoría de un principio vital que
penetra en el mundo entero, ha fracasado como teoría de nuestro universo, no habrá
adelantado en ese sentido cuando se la haya elaborado en detalle, puesto que los detalles
no cambian el principio del universo. Lo que quiero decir es que en su indagación sobre
el principio, los pensadores hindúes eran tan audaces, y en algunos casos más audaces
que los pensadores modernos. Han hecho algunas de las generalizaciones más grandiosas que
jamás hayan sido logradas; algunas de ellas subsisten todavía, como teorías, aún no
alcanzadas por la ciencia moderna, ni siquiera en teoría. Por ejemplo, no solamente
llegaron a la teoría del éter, sino que fueron más allá, clasificando a la mente como
un éter todavía más sutil. Avanzando más, encontraron otro éter aun más sutil. Y sin
embargo, ésta no era una solución, no resolvía el problema. Un conocimiento del mundo
exterior, por más completo que fuera, no podía resolver el problema. "Pero, dice el
sabio científico, estamos comenzando a conocer un poco; esperad unos pocos millares de
años y encontraremos la solución." "No", responde el vedantista, pues él
ha encontrado la prueba absolutamente indubitable de que la mente está limitada, que no
puede traspasar ciertos límites; no puede ir más allá del tiempo, el espacio y la
causalidad. Así como ningún hombre puede saltar fuera de sí mismo, tampoco ninguno
puede ir más allá de los límites que le han sido fijados por las leyes del tiempo y del
espacio. Todo intento de desenlazar las leyes del tiempo, del espacio y de la causalidad,
seria vano, dado que el mero intento implicaría admitir la existencia de esos tres.
Entonces, ¿ qué se quiere decir cuando se declara que el mundo existe? "Este mundo
no tiene existencia." ¿ Qué significa esto? Quiere decir que el mundo no tiene una
existencia absoluta. No existe más que con relación a mi mente, a vuestra mente, a la
mente de cada uno. Vemos este mundo con nuestros cinco sentidos, pero si tuviéramos seis,
veríamos en él algo más. Si tuviéramos dos sentidos más, se nos aparecería diferente
en alguna otra cosa todavía. Por consiguiente, no tiene existencia real; no tiene
existencia incambiable, inmutable, infinita. Tampoco se le puede llamar no existente,
puesto que vemos que existe y nosotros debemos trabajar en él y a través de él. Es una
mezcla de existencia e inexistencia.
Pasando de las abstracciones a los detalles ordinarios de
nuestra vida cotidiana, vemos que toda nuestra vida es una contradicción, una mezcla de
existencia e inexistencia. Hay esta contradicción en el conocimiento. Parece que el
hombre puede saber todo con tal que lo desee; pero apenas ha dado algunos pasos, choca
contra un muro adamantino que no puede franquear. Todo su trabajo está encerrado en un
circulo, y no puede ir más allá de él. Los problemas que están más cerca de él y
más le atraen, reclaman su solución día y noche, pero no puede dársela porque le es
imposible ir más allá de su intelecto. Y sin embargo, el deseo de hacerlo está en él
profundamente arraigado. No obstante, sabemos que el único bien sólo se obtiene
limitando y conteniendo ese deseo. Con cada movimiento que hacemos para respirar, cada
impulso de nuestro corazón nos mueve a ser egoístas y, al mismo tiempo, hay algún poder
detrás nuestro que nos dice que sólo el inegoismo es bueno. Todo niño nace optimista,
tiene sueños dorados. Durante su juventud se vuelve más optimista todavía. Le es
difícil a un joven creer que existe una cosa que se llama muerte, otra que se llama
derrota o degradación. La vejez llega y la vida es un montón de ruinas. Los sueños se
han desvanecido en el aire y el hombre se vuelve pesimista. Así vamos de un extremo a
otro, bajo los golpes de la naturaleza, sin saber adónde vamos. Esto me recuerda un canto
célebre del Lalita Vistara, la biografía de Buddha. Buddha nos dice el
libro, nació como salvador de la humanidad, pero en el lujo de su palacio olvidó
quién era. Para despertarlo, algunos ángeles fueron a cantar en torno de él. Y el
estribillo de toda la canción es que nosotros flotamos en el río de la vida llevados por
su corriente, que cambia continuamente, sin tregua ni descanso. Así sucede con nuestras
vidas, que se deslizan siempre, sin conceder ningún descanso. ¿ Qué debemos hacer? El
hombre que tiene suficiente para comer y beber es optimista; evita todo lo que le haga
pensar en la miseria, pues ésta lo espanta. No le habléis de los dolores y sufrimientos
del mundo; decidle que todo está bien. "Sí dirá-----, yo estoy seguro;
miradme. Tengo una casa hermosa; no temo al frío ni al hambre; por consiguiente, no
pongáis ante mis ojos esos cuadros horribles". En cambio, por otro lado hay hombres
que mueren de frío y de hambre. Si vais a enseñarles a ellos que todo está bien,
no os escucharán. ¿Cómo podrán ver con agrado la felicidad de los otros, cuando ellos
son desgraciados? De este modo oscilamos entre el optimismo y el pesimismo.
Luego está ese hecho tremendo que es la muerte. El mundo
entero va hacia la muerte; todo muere. Todo nuestro progreso, nuestras vanidades, nuestras
reformas, nuestros lujos, nuestra riqueza, nuestro saber, todo tiene este único
desenlace: la muerte. Es la úni-ca cosa cierta. Las ciudades aparecen y desaparecen, los
imperios se levantan y caen, los planetas se rompen en pedazos y se reducen a polvo, para
ser diluidos en la atmósfera de otros planetas. Así ha ocurrido siempre desde un tiempo
que no ha tenido comienzo. La muerte es el fin de todo. La muerte es el fin de la vida, de
la belleza, de la riqueza, del poder y también de la virtud. Los santos mueren, y
también los pecadores; mueren los reyes y los mendigos. Todos van hacia la muerte, y sin
embargo, existe un tremendo apego a la vida. De alguna manera, no sabemos por qué, nos
aferramos a la vida y no podemos renunciar a ella. Y esto es maya.
La madre cría a su hijo rodeándolo de cuidados; toda su
alma, toda su vida, están en ese niño. Este crece y se hace hombre; puede ser un canalla
y un bruto, que todos los días golpee a su madre a puntapiés y puñetazos. Sin embargo,
la madre se aferra siempre a su hijo, y si su razón se despierta, la cubre con la idea de
amor. No piensa casi en que eso no es amor, que es algo que se ha apoderado de sus nervios
y de lo que no puede desembarazarse; por más que trate de librarse de la esclavitud en
que vive, no puede. Y esto es maya.
Todos estamos buscando el vellocino de oro; cada uno piensa
que será suyo. Todo hombre razonable ve que su chance es quizás una sobre veinte
millones, y sin embargo, todos luchan para conseguirlo. Y esto es maya.
La muerte está al acecho de su presa noche y día en esta
nuestra tierra y al mismo tiempo pensamos que vamos a vivir eternamente. Un día le
hicieron esta pregunta al rey Yudhishthira (El hermano mayor de Aryuna): "¿Cuál
es la cosa más maravillosa de esta tierra?" Y el rey respondió: "Diariamente
vemos a la gente morir a nuestro alrededor, y sin embargo los hombres creen que no
morirán jamás". Y esto es maya.
Estas terribles contradicciones en nuestro intelecto, en
nuestro conocimiento, y hasta en todos los hechos de nuestra vida, nos enfrentan por todos
lados. Aparece un reformador que quiere remediar los males que sufre una determinada
nación, y aun antes de que lo haya conseguido, se declaran otros mil males en otra parte.
Es como una casa vieja que se está cayendo: reparáis una parte y amenaza derrumbarse
otra. En la India, nuestros reformadores protestan y predican contra la prohibición del
casamiento de las viudas, y contra los males que de ello resultan. En Occidente, el gran
mal es que la gente no se casa. Por un lado, ayudad a los célibes; pero siguen sufriendo.
Por el otro, ayudad a las viudas; están sufriendo. Es como un reumatismo crónico; lo
sacáis de la cabeza, y pasa al tronco; lo sacáis del tronco y pasa a los pies. Aparecen
reformadores que predican que la enseñanza, la riqueza y la cultura no deben ser el
patrimonio de unos pocos elegidos, y hacen todo lo que pueden a fin de que sean accesibles
a todos. De eso puede resultar más felicidad para algunos, pero también puede ser que al
llegar la cultura, disminuya la felicidad física. El conocimiento de la felicidad trae
consigo el conocimiento de la infelicidad. Entonces, ¿ qué camino debemos seguir? La
más pequeña cantidad de prosperidad material que gocemos, es causa de la misma cantidad
de miseria por otro lado. Tal es la ley. Los jóvenes tal vez no lo vean claramente, pero
los que han vivido bastante tiempo, los que hayan luchado lo suficiente, lo comprenderán.
Y esto es maya. Estas cosas ocurren día y noche; encontrar una solución a este
problema es imposible. ¿ Por qué tiene que ser así? No es posible responder a esta
pregunta, porque la pregunta no puede ser lógicamente formulada. De hecho, no hay ni cómo
ni por qué; sólo sabemos que esto es así y no podemos evitarlo. Aun
comprenderlo, trazar de ello un cuadro exacto en nuestra propia mente, está más allá de
nuestras fuerzas. Entonces, ¿cómo podemos resolverlo?
Maya es una aserción del hecho de este universo; de la
forma cómo marcha. Generalmente la gente se asusta cuando se le dicen estas cosas. Pero
nos hace falta osadía. Ocultar los hechos no es el medio de hallarles solución. Como
todos sabéis, una liebre perseguida por los perros oculta su cabeza y se cree a salvo;
cuando nos precipitamos en el optimismo, hacemos exactamente como la liebre, pero esto no
es un remedio. Hay objeciones contra eso, pero notaréis que ellas vienen generalmente de
la gente colmada con las cosas buenas de la vida. En este país (Inglaterra), es muy
difícil volverse pesimista. De qué manera admirable, me dicen todos, con qué progresos,
el mundo va adelante; pero, lo que cada uno es en sí mismo, es su propio mundo. Viej os
problemas surgen, ¡ el cristianismo debe ser la única religión verdadera en el mundo,
puesto que las naciones cristianas son prósperas! Pero esta aserción se contradice a sí
misma, porque la prosperidad de las naciones cristianas depende del infortunio de las no
cristianas. Debe haber alguien que sirva de presa. Suponed que el mundo entero se vuelva
cristiano; entonces, las naciones cristianas se volverían pobres, por cuanto no tendrían
más naciones no cristianas que despojar. Así, el argumento se destruye a si mismo. Los
animales viven a expensas de las plantas, los hombres a expensas de los animales, y, lo
que es peor, a expensas unos de otros; el fuerte a expensas del débil. Esto pasa en todas
par. tes, y esto es ma ya. ¿ Qué solución véis? Cada día oímos muchas
explicaciones, y se nos dice que al final todo estará bien. Admitiendo que esto sea
posible, ¿por qué esta manera satánica de hacer el bien? ¿Por qué no se puede hacer
el bien por medio del bien y no con estos métodos infernales? Los descendientes de los
seres humanos actuales serán dichosos, pero, ¿por qué tiene que haber, ahora, todo este
sufrimiento? No hay solución. Esto es maya.
A menudo se nos dice, también, que uno de los caracteres
de la evolución es que ella elimina el mal, y que siendo este mal continuainente
eliminado del mundo, al final no quedará más que el bien. Esta es una cosa muy agradable
de oír; es confortable para la vanidad de los que poseen bastante de los bienes de este
mundo; que no tienen que librar una ruda batalla todos los días; que no son aplastados
bajo las ruedas de esa llamada evolución. Esto por cierto es muy bueno y reconfortante
para los afortunados. La masa vulgar puede sufrir, pero a ellos no les interesa; ¡ que
mueran, eso no tiene importancia! Muy bien, pero este argumento es falaz del principio al
fin. En primer lugar, admite como evidente que el bien y el mal que se manifiestan en este
mundo, son dos realidades absolutas. En segundo lugar, admite una suposición aun peor:
que la cantidad de bien está en vías de crecimiento y la cantidad de mal, en vías de
disminución. De modo que, si el mal está en tren de ser eliminado en esa forma, por la
llamada evolución, llegará un momento en que todo el mal habrá sido eliminado y todo lo
que quedará será el bien. Esto es fácil de decir, pero, ¿puede probarse que la
cantidad de mal esté en vías de disminuir? Tomad, por ejemplo, el hombre que vive en un
bosque, que no sabe cómo cultivar su mente, que no puede leer un libro, que jamás ha
oído hablar de lo que se llama escritura. Si es herido de gravedad, cura rápidamente,
mientras que nosotros nos morimos si se nos rasguña. Las máquinas; haciendo que las
cosas sean baratas, contribuyen al progreso y a la evolución, pero millones de hombres
son aplastados para que uno solo pueda enriquecer; mientras que uno enriquece, millares
empobrecen más y más, y masas de seres humanos son reducidas a la esclavitud. Es así
como las cosas pasan. El hombre animal vive en los sentidos. Si no tiene suficiente para
comer, se siente miserable; o si algo le sucede a su cuerpo, se siente desgraciado. En los
sentidos comienzan y terminan su felicidad y su desgracia. Desde el momento que este
hombre progresa, desde que el horizonte de su dicha se ensancha, el horizonte de su
desgracia se agranda en la misma proporción. El hombre que vive en los bosques no sabe lo
que es ser celoso, ni comparecer ante los tribunales, ni pagar impuestos, ni ser criticado
por la sociedad, ni estar sometido día y noche a la tiranía más espantosa que el
satanismo humano haya jamás inventado y que es esa indiscreción que no respeta ningún
secreto del corazón. No sabe cómo el hombre, con todo su vano saber, con todo su
orgullo, se vuelve mil veces más satánico que cual-quier otro animal. Y es así como a
medida que emergemos de nuestros sentidos, desarrollamos una capacidad más grande de
alegría y a la vez tenemos que desarrollar también una mayor capacidad de sufrimiento.
Los nervios se afinan y se vuelven capaces de sufrir más. A menudo comprobamos,
cualquiera sea la sociedad, que el ignorante, el hombre común, no es muy sensible a los
insultos, pero siente un buen golpe. Pero el hombre culto no puede soportar un solo
insulto, tan sensibles se han vuelto sus nervios. Su desdicha ha aumentado con la
susceptibilidad de ser feliz. Y esto no viene a confirmar en nada la tesis de los
evolucionistas. Al aumentar nuestro poder de ser felices, aumentamos también nuestra
facultad de sufrir, y a veces me inclino a creer que si aumentamos nuestro poder de ser
felices en progresión aritmética, aumentamos, en cambio, nuestro poder de sentirnos
miserables en progresión geométrica. Nosotros, que estamos progresando, sabemos que
mientras más adelantamos, más caminos se abren para el dolor como para el placer. Y esto
es maya.
Vemos así que maya no es una teoría para explicar
al mundo: simplemente, es una exposición de los hechos, tales como ellos existen; la base
misma de nuestro ser es contradicción; por doquier tenemos que atravesar esa tremenda
contradicción; por todas partes donde hay el bien, debe haber también el mal; y por
todas partes donde hay el mal, debe haber algún bien; donde haya vida, la muerte debe
seguirla como su sombra; todo el que sonría, habrá de llorar, y lo contrario también es
cierto. No se puede remediar ese estado de cosas. Podemos imaginar muy bien que habrá un
sitio donde no existirá más que el bien, y no el mal, donde no haremos más que sonreir
y no lloraremos nunca. Pero esto es imposible, de acuerdo con la naturaleza misma de las
cosas, puesto que las condiciones serán siempre las mismas. Donde exista el poder de
hacer nacer en nosotros una sonrisa, se oculta el poder de hacer brotar lágrimas. Donde
exista el poder de producir la felicidad, acecha también, en alguna parte, el poder de
volvernos desdichados.
De manera que la filosofía vedanta no es ni optimista ni
pesimista. Expresa ambos puntos de vista y toma las cosas como son. Admite que este mundo
es una mezcla de bien y de mal, de felicidad y de infortunio; y que para aumentar lo uno,
forzosamente tenemos que aumentar lo otro. Jamás habrá un mundo absolutamente bueno o
malo, por cuanto la idea misma constituye una contradicción en sí. El gran secreto que
nos revela este análisis, es que el bien y el mal no son dos entidades separadas,
rigurosamente distintas. En este mundo en que vivimos, no hay una sola cosa a la que
podamos poner la etiqueta de buena, únicamente buena, y tampoco hay nada en el universo,
a lo que podamos poner la etiqueta de malo, únicamente malo. El mismo fenómeno que
parece bueno hoy, puede parecer malo mañana. La misma cosa que apena a uno, puede
regocijar a otro. El fuego que quema a un niño, puede cocinar una buena comida para un
hambriento. Los mismos nervios que nos traen las sensaciones de malestar también nos
traen las sensaciones placenteras. Por consiguiente, el único remedio para poner fin al
mal, es poner fin también al bien; no hay otro medio. Para poner fin a la muerte, habrá
que poner fin también a la vida. La vida sin la muerte, la felicidad sin la desdicha son
contradicciones; no se pueden encontrar solas, ni una ni otra, por cuanto cada una de
ellas no es sino una manifestación diferente de la misma cosa. Lo que yo encontraba bueno
ayer, no lo encuentro bueno hoy. Cuando rememoro mi vida y veo cuáles han sido mis
ideales en diferentes épocas, me doy cuenta de que es así. En cierta época, tenía por
ideal conducir un tiro de buenos caballos; en otra, pensaba que si conseguía hacer cierta
especie de bombones, sería perfectamente feliz; más tarde imaginaba que estaría
completamente satisfecho teniendo mujer, hijos y mucho dinero. Hoy me río de todos estos
ideales como de meros disparates pueriles.
El Vedanta nos dice: debe llegar un momento en que al mirar
hacia atrás, nos reiremos de los ideales que nos hacían temer el renunciar a nuestra
individualidad. Cada uno de nosotros quiere conservar su cuerpo durante un tiempo
indefinido, y cree poder ser así muy feliz, pero llegará un momento en que reiremos de
esta idea. Ahora bien, si tal es la verdad, nos hallamos en un estado de irremediable
contradicción: ni existencia, ni inexistencia; ni felicidad, ni desdicha, sino una mezcla
de ambas. ¿Para qué sirven, entonces, el Vedanta y todas las otras filosofías y
religiones? Y, sobre todo, ¿ para qué sirve hacer el bien? He aquí la pregunta que se
presenta a nuestra mente. Si es verdad que no podéis hacer el bien sin hacer el mal; que
todas las veces que tratáis de crear la dicha habrá, también, indefectiblemente,
miseria, la gente os preguntará:
"¿Para qué sirve hacer el bien?" La respuesta
es que, ante todo, debemos trabajar para hacer decrecer la desdicha, pues es la única
forma de volvemos dichosos nosotros mismos. Tarde o temprano, cada uno de nosotros
descubre esto en su vida. Aquellos que tienen la mente despierta, lo descubren un poco
más pronto, y los torpes un poco más tarde; estos últimos pagan el descubrimiento muy
caro; los primeros menos caro. En segundo lugar, es necesario que cada uno de nosotros
haga lo que le corresponde, pues éste es el único medio de salir de esta vida de
contradicción. Las fuerzas del bien y del mal mantendrán este universo en acción para
nosotros hasta que despertemos de nuestros sueños y renunciemos a hacer tortas de barro.
Es necesario que aprendamos esta lección, y ello nos llevará un tiempo largo, muy largo.
En Alemania se ha tratado de construir un sistema de
filosofía sobre la base de que lo Infinito se ha vuelto finito; tentativas del mismo
género se hacen en Inglaterra. Si analizamos la doctrina de estos filósofos, vemos que
en ella lo Infinito estaría tratando de expresarse en este universo, y que llegaría un
tiempo en que logrará hacerlo. Todo esto es muy bueno; hemos utilizado las palabras Infinito,
manifestación, expresión y otras por el estilo, pero los filósofos piden,
naturalmente, una base fundamental lógica, a la proposición de que lo finito puede
expresar plenamente lo Infinito. Lo Absoluto y lo Infinito sólo pueden llegar a ser este
universo limitándose. Todo lo que nos llega por los sentidos, por la mente, o por el
intelecto, es por fuerza limitado; que lo limitado es ilimitado es simplemente un absurdo;
jamás podrá ser así. El Vedanta, por su parte, dice que es verdad que lo Absoluto o lo
Infinito trata de expresarse a sí mismo en lo finito, pero que llegará un momento en que
se verá que ello es imposible; y entonces deberá batirse en retirada, y esta retirada
significa renunciación, que es el verdadero comienzo de la religión. Hoy en día es muy
difícil aún hablar de renunciación. Se ha dicho de mí en América, que yo era un
hombre que venía de un país muerto y enterrado cinco mil años ha, y que hablaba de
renunciación. El filósofo inglés tal vez diga lo mismo. Y sin embargo, en verdad es el
Único camino que conduce a la religión. Renunciad y abandonad. ¿Qué decía Cristo?
"Quien pierda su vida por mí, la encontrará". Una y otra vez predicó la
renunciación como el único camino hacia la perfección. Llega un momento en que la mente
despierta de ese largo y pesado sueño; en que el niño abandona su juego y desea volver a
su madre. Entonces descubre la verdad de estas palabras: "El deseo nunca se satisface
con el goce, que no hace más que aumentarlo, así como se aviva el fuego al echarle
manteca .
Esto es cierto para todos los goces de los sentidos, para
todos los goces intelectuales, para todos los goces que la mente humana es capaz de dar.
Ellos no son nada; están dentro de maya, dentro de esa red de donde no podemos
escapar. Allí podemos correr durante un tiempo infinito, sin llegar jamás a la meta; y
todas las veces que luchamos por conseguir un poco de placer, nos cae encima una montaña
de desdicha. ¡ Todo esto es espantoso! Y cuando pienso en ello, no puedo menos que creer
que esta teoría de maya. esta idea de que todo esto es maya, es la mejor
explicación y la única. ¡Cuánta miseria hay en el mundo! Si viajáis por pueblos
diferentes, veréis que unos tratan de curar sus males por un medio, otros de distinto
modo. Es exactamente el mismo mal contra el cual luchan las diferentes razas. Se han
ensayado diversos procedimientos para detenerlo, pero ningún pueblo lo ha logrado. Si el
mal ha sido atenuado en un punto, se ha acumulado en otro. Así marchan las cosas. Los
hindúes, para conservar en su raza un alto nivel de castidad, adoptaron la práctica de
los casamientos entre niños, práctica que, con el tiempo, ha deteriorado la raza. Al
mismo tiempo, no puedo negar que esos casamientos de niños hacen a la raza más casta.
Vosotros, ¿por qué optaríais? Si queréis que el pueblo sea más casto, debilitáis
físicamente a hombres y mujeres con casamientos entre niños. Por otro lado, ¿estáis
vosotros en Inglaterra, colocados en mejor situación? No; puesto que la castidad es la
vida de un pueblo. ¿No véis en la historia, que el primer signo anunciador de la muerte
de un pueblo ha sido la ausencia de castidad? Una vez aparecido este signo, el fin de la
raza no se halla lejano. Entonces, ¿dónde encontraremos una solución a estas miserias?
Si los padres eligen maridos y esposas para sus hijos, este mal disminuirá. Las muchachas
de la India son más prácticas que sentimentales. Pero en sus vidas subsiste muy poca
poesía. Por otro lado si la gente elige por sí misma marido o esposa, no parece que
resulte de ello mucha dicha. Generalmente, la mujer en la India es muy dichosa; no hay
muchos ejemplos de discordia entre cónyuges. En cambio, en los Estados Unidos, donde
reina la libertad más grande, el número de hogares infelices, de matrimonios
desdichados, es elevado. La desgracia se encuentra aquí, allá, en todas partes. ¿Qué
nos demuestra esto? Que después de todo, no se ha ganado mucha felicidad con todos esos
ideales. Todos luchamos para asir la felicidad y en cuanto obtenemos un poco por un lado,
la desgracia llega por el otro.
Entonces, ¿no debemos trabajar para hacer el bien? Si; con
más ardor que nunca. El efecto que este conocimiento tendrá sobre nosotros, será el de
destruir nuestro fanatismo. El inglés no será más fanático y no maldecirá más al
hindú; aprenderá a respetar las costumbres de los diferentes pueblos. Habrá menos
fanatismo y más obras verdaderas. Los fanáticos no pueden trabajar, porque desperdician
las tres cuartas partes de su energía. El que trabaja es el hombre equilibrado, calmo,
práctico. En esta forma, esta idea producirá un aumento de la capacidad de trabajo.
Sabiendo que las cosas son así, seremos más pacientes. La vista del mal o de la miseria
no podrá destruir más nuestro equilibrio y hacernos correr detrás de sombras. Y por
consiguiente, adquiriremos paciencia, pues sabremos que el mundo debe seguir su propio
ritmo. Si, por ejem. pío, todos los hombres llegan a ser buenos, durante ese tiempo los
animales habrán evolucionado y se habrán vuelto hombres; deberán pasar por el mismo
estado, y sucederá igual con las plantas. Pero una sola cosa es cierta: el caudaloso río
corre hacia el océano, y todas las gotas de agua que constituyen la corriente, llegado el
momento, serán absorbidas por ese océano sin orillas. Del mismo modo, en nuestra vida,
con todas sus miserias y sus penas, sus goces, sus risas y sus lágrimas, un solo hecho es
cierto, y es que todas las cosas se precipitan hacia su meta, y que no es sino cuestión
de tiempo para que vosotros y yo, y las plantas y los animales, y cada partícula de vida
que existe, debamos alcanzar el Océano Infinito de la Perfección, la Libertad, Dios.
Permitidme repetiros, una vez más, que la posición
vedántica no es ni pesimista ni optimista. No dice que este mundo sea todo bueno o todo
malo. Afirma que nuestro mal no es de menor valor que nuestro bien, y que nuestro bien no
es de más valor que nuestro mal. Están ligados entre sí. El mundo está hecho así, y
si lo sabéis, trabajais con paciencia. ¿Para qué? ¿Para qué debemos trabajar? Si tal
es el estado de las cosas, ¿qué haremos? ¿Por qué no volvernos agnósticos? Los
agnósticos modernos también saben que este problema no admite solución, no se puede
escapar de ese mal de maya, como decimos en nuestro lenguaje. Por lo tanto, nos dicen que
debemos sentirnos satisfechos y disfrutar de la vida. Pero en eso, a su vez, hay error, un
tremendo error, un error enteramente ilógico. Helo aquí: ¿Qué entendéis vosotros por
vida? ¿Entendéis sólo la vida de los sentidos? En esto, cada uno de nosotros no difiere
sino ligeramente del bruto. Estoy seguro de que no hay aquí nadie cuya vida esté por
entero en los sentidos. Entonces, esta vida que llevamos significa algo más. Nuestros
sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras aspiraciones forman parte integrante de
nuestra vida. Luego, esta lucha por acercarnos al gran ideal de la perfección, ¿no es
uno de los elementos más importantes que componen lo que llamamos vida? Según los
agnósticos, tenemos que disfrutar de la vida tal como es. Pero esta vida significa, por
sobre todo, la persecución del ideal; la esencia misma de la vida es la marcha hacia la
perfección. Esto es lo que necesitamos, y por consiguiente, no podemos ser agnósticos,
no podemos tomar el mundo como parece ser. El punto de vista agnóstico considera que esta
vida, menos el elemento "ideal", es todo lo que existe, y pretende que este
elemento no puede ser alcanzado, de modo que debe abandonarse su búsqueda. He aquí lo
que se llama maya: es esta naturaleza, es este universo.
Todas las religiones son, más o menos, tentativas por
ir más allá de la naturaleza. Ya sea las más rudimentarias o más evolucionadas, que se
expresen por mitología o por simbología; por historias de deidades, de ángeles, de
demonios, o por historias de santos, de videntes, de grandes hombres, de profetas, o por
abstracciones de orden filosófico todas tienen el mismo objetivo, todas se
esfuerzan por ir más allá de estas limitaciones. En una palabra, todas están luchando
por llegar a la libertad. Consciente o inconscientemente, el hombre siente que está
ligado; que no es lo que quiere ser. Esto le fue enseñado desde el instante en que
comenzó a mirar a su alrededor. En ese instante supo que estaba encadenado, y también
descubrió que había algo en él que quería volar más allá, allá donde el cuerpo no
podría seguir, pero por el momento, estaba encadenado por esas limitaciones. Aun en las
ideas religiosas más bajas, en las que se adora a los antepasados y otros espíritus,
casi siempre violentos y crueles, que merodean alrededor de las casas de sus amigos y son
sedientos de sangre y de bebidas fuertes, aun en esos casos encontramos el factor común,
que es la libertad. El hombre que desea adorar a los dioses, ve en ellos, por sobre todo,
una libertad más grande que la que él mismo tiene. Si una puerta está cerrada, piensa
que los dioses pueden pasar a traves de ella, y que las paredes no los detienen. Esta idea
de libertad aumenta hasta llegar al ideal de un Dios Personal, siendo el concepto
central que Él es un Ser que está más allá de las limitaciones de la Naturaleza, de maya.
Veo ante mí, por así decir, en uno de esos apartados retiros que habían en los
bosques, aquellos antiguos sabios de la India discutiendo esta cuestión; y en uno de esos
lugares, donde los más ancianos y más santos aun no han hallado la solución, un joven
se levanta en medio de ellos y dice: "Escuchad, ¡ oh hijos de la inmortalidad!; ¡
escuchad, oh vosotros que vivís en los lugares más elevados!; yo he hallado el camino.
¡ Conociendo a Aquel que está más allá de la oscuridad, podemos ir más allá de la
muerte ! ".
Esta maya está en todas partes; es terrible. Y
sin embargo, a través de ella debemos trabajar. El hombre que dice: "Yo trabajaré
cuando el mundo se haya vuelto todo bueno, entonces gozaré d.e la felicidad", tiene
tantas probabilidades de éxito como el que está sentado al borde del río Gangá y dice:
"Vadearé el río cuando toda el agua se haya volcado en el océano". El camino
no es seguir maya, sino ir contra ella. Este es otro hecho que debemos aprender. No
hemos nacido para secundar a la naturaleza, sino para competir con ella. Somos los amos
que ella debe servir, y somos quienes nos cubrimos de cadenas. ¿Por qué está aquí esta
casa? No es la naturaleza que la ha edificado. La naturaleza nos dice: id a vivir al
bosque. El hombre replica: voy a edificar una casa y a luchar contra la naturaleza; y esto
es lo que hace. Toda la historia de la humanidad es una lucha continua contra las
llamadas leyes de la naturaleza, y es el hombre quien finalmente vence. Pasando al mundo
interior, también allí se libra la misma lucha, esa lucha entre el hombre animal y el
hombre espiritual, entre la luz y las tinieblas, y allí también el hombre resulta
victorioso. Él desbroza su camino, por así decir, fuera de la naturaleza, hacia la
libertad.
Así vemos que los filósofos vedantistas encuentran,
más allá de esta maya, algo que no está ligado por ella, y si podemos llegar
hasta allá, no estaremos ligados a maya. Esta idea, bajo una u otra forma, es
propiedad común de todas las religiones; pero para el Vedanta no es más que el comienzo
de la religión, y no su término. La idea de un Dios Personal, Creador y Señor del
Universo, como se Le ha llamado, que gobierna esta maya, esta naturaleza, no es el
punto final de este pensamiento vedántico, sino el comienzo. La idea se desarrolla más y
más, hasta que el vedantista descubre que Aquel que creía lejos de él, no es otro que
él mismo, y en realidad, está en su interior. Él es quien es libre, pero que por
limitación se creía ligado.
Del Libro Gñana Yoga, Swami
Vivekananda, Editorial Kier S.A., Buenos Aires.
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