Caminos a Dios 

 

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El orgullo

Mi amada alma hermana: con dicha te saludo, y a la vez comparto mi pesar contigo, pues he mirado al mundo en mí mismo una vez más, y fuera de mí. Y he visto otro brazo del ego extendido, tratando de infrigirnos daño. Por eso comenzaré con un pequeño cuento a modo de introducción, la reflexión de esta semana:

LOS DOS FATUOS

Se encontraron cuando iban en dirección a un ashram para recibir instrucción de un sabio. Querían ser iniciados por él y recibir los mantras sagrados.

- Yo he leído todo lo que hay que leer en las escrituras. Lo sé todo, en realidad - comentó uno de ellos.

- A mí me pasa lo mismo. La verdad es que yo podría dar instrucción mística incluso al más exigente. He investigado en todas las filosofías y metafísicas. Poco debe haber que yo no sepa.

- Dispongo de tantos conocimientos que apabullo a los más doctos cuando hablamos de ello. He leído sobre todos los santos, yoguis y maestros. ¿Qué me quedará por saber?

- Es curioso - repuso su compañero -: también yo he leído a todos los santos. He adquirido los conocimientos del Buda, Shankaracharya, Ramanuja y tantos otros grandes seres. La verdad, yo podría iniciar a muchos aspirantes.

Llegaron hasta el ashram y, por separado, se entrevistaron con el sabio. Después tuvieron ocasión de encontrarse de nuevo. Uno preguntó al otro:

- ¿Qué tal ?

- Este hombre tendrá mucha fama entre sus discípulos, pero es un verdadero ciego. Carece de visión clara. Se ha negado a iniciarme y no ha querido proporcionarme el mantra.

- Lo mismo ha hecho conmigo - repuso el otro -. No tiene ningún discernimiento y no sabe por eso ver a los auténticos buscadores.

Con este ejemplo que puede sonar  gracioso o hasta ridículo, podríamos ver en parte cómo actúa el orgullo en nosotros. Recuerdo cuando el maestro me regañaba ante mi impaciencia de adolescente. Cuando uno recién se inicia en los senderos espirituales, quiere obtener resultados con rapidez. paradójica y sabiamente, cuanto más insistimos con esta actitud, los resultados se alejan y se hacen esperar más y más. Por eso una vez el maestro me dijo: ¿por qué te apuras y vas corriendo por el camino a Dios? ¿No ves que si vas con tanta prisa te tropezarás, y estás dejando de recoger los frutos de la buena enseñanza, que son puestos allí para quienes recorren el sendero caminando paso por paso? Y yo le contesté: es que no entiendo por qué me demoro tanto en cosas tan simples!. Él repuso: eso es orgullo, y debes alejarlo de ti. Cuando el orgullo habla dice "Cómo es posible que YO aún no haya llegado?, ¿Por qué a este le suceden cosas que a mí no me suceden? ¿Acaso no soy tan o más valioso que él, y no me esfuerzo más?" Quedé en silencio, ante el descubrimiento del orgullo y bajé mi cabeza. El maestro esperó un rato, tomó su té, y me dijo: tampoco te apenes por tu error, porque si lo contemplas, ese mismo error te lleva al siguiente paso. No es bueno desear errar, pero al principio el error se convierte en una especie de premio encubierto para el buscador sincero, siempre y cuando lo tome como enseñanza. Una cosa es errar porque aprendes,  y otra cosa es errar a sabiendas: eso se llama equivocarse.

Tenía unos 20 años en ese tiempo, pero pude ver como ese orgullo había echado raíces en mí desde la niñez, desde que mis padres en su afán por darme lo mejor, querían hacerme el mejor. Por eso también cierta vez me dijo Lakshahara: ¿por qué quieres ser el mejor de los hombres y te exiges tanto? Deja la exigencia para el yogui sabio, tú eres muy joven para exigirte esto. Yo quiero que seas un buen hombre, no el mejor de los hombres. Busca estar mejor, antes que ser el mejor...

Y aún muchas veces me sorprendo a mi mismo cuando el orgullo se infiltra, cuando me siento atacado y no sé callar o hacerme a un lado, cuando alguien pregunta y yo le doy una respuesta, siendo mejor que ese alguien busque la respuesta no fuera sino dentro de sí mismo. Difícilmente el maestro me respondía una pregunta, sino que como alguien observó bien por allí, preparaba la situación y los hechos de tal modo que la vida misma con sus sucesos, me obligasen a sacar la respuesta desde mi conciencia. Tal vez esa respuesta me venía con errores ó manchada, pero era el verdadero trabajo, como el de aquel que hace un pozo y busca el agua. Primero cava, y saca piedras y tierra. Llegando al agua, se ensucia con barro y bichos que viven cerca de la napa de agua. Al final sale primero agua sucia, y mas luego el agua pura...Pero el agua se halla allí, en lo profundo, como la Verdad en el hombre.

El orgullo se alimenta con la palabra "yo". Nos hace creer en una imagen ilusoria de nosotros mismos, pues se afianza en nuestro ser exterior más que en el interior.

Generalmente es el orgullo el que nos hace mantener una posición totalmente cerrada a lo que el otro pueda decirnos. Se debe dejar la puerta abierta a la opinión del semejante siempre que sea hecha con respeto y buen espíritu, pues uno se nutre de las experiencias del otro cuando éste las vierte con amor. Pero cuando uno dice: ése es tu punto de vista y el mío es el verdadero, nos hemos topado con el orgullo que nos hace sentirnos superiores al otro. Puede ser que sea cierto, pero el sabio escucha y está abierto a lo que el otro dice, y luego discierne. También  el orgullo tiene una hermana llamada vanidad, y de una relación incestuosa entre ambos sale una hija llamada necedad.

La equivocación es fruto de la necedad, pues no es un error por ignorancia, sino la repetición de un error a sabiendas.

Pero necedad también es creer ciegamente que la propia mente puede explicarlo todo. El hombre que pretende alcanzar la Verdad Última con el raciocinio como única herramienta, vivirá una experiencia semejante a la de este relato:

Se trataba de un maestro que hablaba sólo en contadas ocasiones. A veces daba alguna explicación sucinta e impartía alguna enseñanza, pero a menudo guardaba silencio. Era conocido como el maestro del silencio; otros lo llamaban «el yogui que apenas mueve la lengua>,. Hablaba en silencio, de corazón a corazón. Pero había un discípulo que sobrevaloraba las funciones del pensamiento y siempre estaba tratando de inmiscuir en conversaciones espirituales al yogui del silencio. Era un joven que necesitaba elaborarlo todo a través del pensamiento. Confiaba plenamente en la mera comprensión intelectual. Se hacía muchas preguntas metafísicas. Quería entenderlo todo a través de la lógica. Un día, con cierto descaro, dijo:

-Maestro, te pregunto, pero no me respondes. No me das respuestas al misterio de la vida, ni del ser o el no-ser, ni de la muerte, ni del sufrimiento. No logro entender tu negativa a no darme respuestas a mis preguntas.

El maestro guardó silencio. Todos los asistentes entraron en el ánimo apacible y contagioso del maestro y dejaron su mente absorta en lo Inefable. A1 finalizar la reunión espiritual, el maestro le pidió al joven intelectual que se quedara. Le entregó una aguja y le dijo:

-Quiero que coloques una gota de agua en la punta de esta aguja.

-¡Imposible!, exclamó sorprendido el discípulo.

-Más imposible es querer responder con el pensamiento a lo que siempre ha estado más allá del pensamiento. Cuélgate la aguja al cuello y, cuando te enredes en pensamientos metafísicos, recuerda: «Más y difícil que colocar una gota de agua en la puntita de una aguja es encontrar respuestas sólo a través del intelecto.

E1 discípulo se sintió avergonzado y se ruborizó. Pero el maestro lo tranquilizó:

-No te sientas ridículo. Mi maestro me dio a mí esa aguja y yo la he llevado muchos años colgada en el pecho. Ahora es tuya.

Y ahora es el tiempo de la despedida, pues a mi reflexión debe seguir la tuya. Así como la semana anterior he visto en el foro las anécdotas que han encontrado para el tema "El reino de las formas", les pido un nuevo esfuerzo: hablemos ahora de nuestro orgullo, de cómo se manifiesta o se infiltra, cómo actúa y por qué situaciones nos ha hecho pasar. Gracias por ese esfuerzo constante en pos de la verdad!!!

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