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Hola visitante de este portal espiritual. Me complace el saludarte, el que estés aquí una vez más en busca de algún alimento para tu alma. Esta semana (la 3ra. de junio) uno de los que me escriben se apenó por mí, puesto que consideraba malo que estuviese yo bajo el comando de un maestro espiritual. Reproduje su carta en el foro, porque creo que es interesante. También decía que no veía amor en mis páginas, y que yo hablaba poco de mí y repetía cosas de otros. Aun así, agradezco a este lector su carta, porque es el eslabón necesario para que yo pueda realizar mi reflexión semanal. Cuando comencé mi aprendizaje espiritual no sabía yo qué buscaba, ni cómo buscarlo. Sólo sabía que algo me faltaba, y yo por mis propios medios lo estuve procurando desde pequeño y no había podido conseguirlo. Al conocer a mi maestro, mi pregunta estaba respondida: aquello que siempre busqué tenía como nombre Dios, como sentimiento el Amor verdadero, como emblema la justicia, como signo la Verdad, y como tiempo La Eternidad. Pero por sobre todas las cosas, yo necesitaba alcanzar aquello que sentía mío pero extraviado. Hubo un antes y un después de mi maestro, principalmente porque antes de que él me hablase directamente con su voz, yo había decidido no estar más en este mundo. No es de su agrado que yo hablo de su persona, porque su naturaleza en este tiempo es pasar desapercibido y trabajar en silencio por la humanidad toda, mas bueno es que sepas que gran dicha es para el aspirante espiritual que Dios ponga en tu camino un maestro verdadero. Si me preguntas cómo reconocerlo, te ruego que veas las secciones Mis historias con el maestro y consejos espirituales. Como sea, desde hace unos cuantos años, he compartido mi encarnación actual con este ser que me ha tomado a su cuidado y enseñanza, según mi pedido a Dios. En efecto, cada una de nuestras palabras es escuchada en lo Alto. A veces, cuando leo vuestros pedidos de oración, les recuerdo que todo es escuchado en el Cielo, mas no siempre será necesariamente concedido porque existe un Plan y una ley de karma y Libre Albedrío. Todo tiene un tiempo. Habrá un tiempo en que nuestro maestro esté físicamente con nosotros, y otro tiempo en que se retirará y hablará en nuestra conciencia. Cuando el mío me dijo que en mi próxima encarnación el sólo me visitaría alguna vez, me entristecí tanto que comencé a pedirle que no encarne lejos de mí. Él me manifestó que en el mundo en que encarnaría, estaría tan feliz yo que difícilmente recordara yo su rostro. Pero le dije: maestro mío, vaya yo donde vaya, tú me has venido enseñando vida tras vida como el Señor Jesús me ha revelado, ¿cómo podría olvidarte yo entonces?. El se sonrió y me dijo: cuando estés frente a Jesús estarás tan dichoso, que no será ya más necesario que yo te instruya, pues esa será tu última encarnación y no será en la Tierra. Muchas ideas surcaron mi sentir desde esa charla: tal como Arjuna en el Baghavad Gita, pensé en mis seres amados, en mi esposa, en mis padres, mi hermano, mis familiares, mis amigos. Un segundo después pensé en todos los hombres y mujeres de esta Tierra, y me pregunté cuán justo sería encarnar en un lugar tan infinitamente hermoso, ante la presencia de Aquel que me llama vida tras vida, si todos los que amaba estarían aún luchando aquí. Pedí así al maestro venir a esta Tierra de nuevo, mas él dijo que mi labor ya fue cumplida en todas las vidas, y que ése era el premio. pregunté humildemente si se me permitía no aceptarlo, y la respuesta fue un taxativo no. Aún así insistiré en mis rezos para que pueda ser útil en este plano. Es extraño: este mundo me desalentó tantas veces, me cansó respirar desamor y egoísmos, vanidades y necedad, pero aún así siento tanto amor por él y los seres que lo habitan. El maestro nunca me habló de mis vidas pasadas puntualmente, pero siempre me dijo que muchas semillas fueron plantadas, y que el fruto a estaba casi listo. Cuando yo caía, él estaba ahí para levantarme. Cuando yo lloraba en el silencio de mi cuarto de oración, una brisa me acariciaba, y el humo del sahumerio dejaba de ascender para venir hacia mi rostro. Cuando yo le decía a mi Padre: aquí me tienes ¿qué quieres de mí?, el silencio era la respuesta más infinita y justa. Yo no sé si merezco las gracias que se me han dado. Sufrí mucho antes de llegar aquí, y aún la tempestad no ha cesado, pero el amor de quienes me rodean, de quienes oran y escriben, me llega a lo profundo de mi espíritu. Y he aquí la paradoja: antes de conocer al maestro quería abandonar este planeta quitándome la vida. Mas al manifestarse él con su presencia, no quiero dejar este plano ni a sus seres que son mis hermanos. Algo despertó en mí, y más allá de cualquier cr´tica que pueda hacérseme, mi Señor sabe quién soy, y para qué vivo. Sabe que mi amor por ti es sincero, y que mis rezos también lo son. Sabe que he querido tener una vida simple y buena más que larga, y sabe que agradecido soy de cada instante del camino, incluyendo las caídas. Por eso es que más allá del email de este hermano que se lamentaba por el camino que yo seguía, he querido no contradecirlo con esta reflexión, ni mostrarle que está errado, pues quizá no lo esté. El habla de mí como si me conociese, y de mi maestro. El tiene asesores espirituales, yo sólo tengo a Dios. Tengo una voz que siempre me habla, un maestro que me sonríe y ya me enseña sin palabras, una vida como la de cualquier hombre con una esposa dulce y buena, un empleo de oficina, una casa, y una familia. En lo que a mí respecta, si es que erré el camino, es tan hermosamente bello este error que difícilmente podría yo sentir que ando por mal lugar. El amor que me ha brotado de las entrañas y a veces me ha quemado por intenso, se ha vuelto tan dulce que las heridas sólo duran un tiempo y luego sanan. La enfermedad que de vez en vez me acecha queda tan disminuida por La Presencia, que lo único que sale de mi boca es la palabra Gracias. Esta vez he querido, como lo hago algunas veces, contarte qué sucede cuando se anhela a Dios. Desde mí puedo decirte lo que siempre te he dicho: no importa cómo lo hagas, si por las religiones o el ascetismo, si bajo el cuidado de un maestro o la autoindagación, pero nunca dejes por un instante de buscar la Presencia de Dios en ti. Además quería refrescar tu pensamiento con un texto de Osho sobre la muerte y la ilusión. Ojalá te sea útil. Te envío un fuerte abrazo, mi amor y bendiciones, y que la Luz sea en ti ahora y siempre. Muchas gracias!!! El padre de mi madre cayó enfermo de repente. No era su hora de morir. No tendría más de cincuenta años, quizá menos, incluso puede que más joven de lo que yo soy ahora. Mi abuela tenía justo 50 años, estaba en la cúspide de su juventud y belleza. Le pregunté: «El ha muerto. Lo amaste. ¿Por qué no estás llorando?» Ella respondió: «Por ti. No quiero llorar ante un niño» -era una gran mujer - «y no quiero consolarte. Si empiezo a llorar, naturalmente tu llorarás; entonces ¿quién consolará a quién?» Debo describir esta situación: íbamos en una carreta de bueyes desde el pueblo de mi abuelo al de mi padre, pues el único hospital estaba allí. Mi abuelo estaba seriamente enfermo; no sólo enfermo, sino también inconsciente, casi en coma. Ella y yo éramos las únicas personas en la carreta. Puedo comprender su compasión por mí. Ella no lloró en el momento de la muerte de su amado esposo, sólo por mí; pues yo era el único allí y no había nadie más para consolarme Dije: «No te preocupes. Si puedes permanecer sin llorar, yo también lo puedo hacer». Y, lo creáis o no, aquel niño de siete años no lloró. Incluso ella estaba confundida; dijo, «¿No estás llorando?» Le respondí: «No, quiero consolarte». Había un extraño grupo de gente en esa carreta de bueyes. Bhoora estaba conduciendo. Sabía que su amo estaba muerto, pero no miraría hacia el interior de la carreta, ni aun pudiendo, pues era sólo un sirviente y no era su derecho interferir en asuntos privados. Esto es lo que me dijo: «La muerte es un asunto privado; ¿Cómo puedo mirar? Lo oí todo desde el asiento del conductor. Quería llorar; lo amé tanto. Me sentía como un huérfano; pero no pude mirar dentro de la carreta, de otra forma él nunca me lo hubiera perdonado». Una extraña compañía, y Nana (*) estaba en mi regazo. Fui un niño de siete años al lado de la muerte, no sólo por unos pocos segundos, sino continuamente durante veinticuatro horas. No había carretera y era difícil llegar a la ciudad de mi padre. El avance era muy lento. Permanecimos con el cadáver durante veinticuatro horas... y él murió lentamente, poco a poco. Sentí como le llegaba la muerte y pude contemplar su gran silencio. Tuve también suerte de que mi Nani (*) estuviera presente. Sin ella quizás no hubiese podido conocer la belleza de la muerte, porque el amor y la muerte son muy similares; tal vez lo mismo. Ella me amaba. Derramaba su amor sobre mí y la muerte estaba allí, llegando lentamente. La carreta de bueyes... todavía escucho su sonido, el traqueteo de las ruedas sobre las piedras, Bhoora continuamente gritando a los bueyes, el sonido del látigo golpeándoles... Todavía puedo oírlo. Está tan profundamente enraizado en mi experiencia que ni aún mi muerte creo que lo borrará. Incluso cuando muera puede que oiga nuevamente el sonido de esa carreta. Sabía de la muerte de otras personas, pero sólo de oídas. No las había visto, e incluso si las había visto, no habían tenido sentido para mí. A menos que ames a alguien y dicha persona muera, no puedes realmente enfrentarte a la muerte. Que quede claro: La muerte sólo puede ser encarada cuando un ser amado muere. Cuando te rodean el amor y la muerte, hay una transformación, una inmensa mutación, como si naciera un nuevo ser. No eres nunca el mismo otra vez. Pero la gente no ama y , al no amar, no puede experimentar la muerte de la manera en que yo la experimenté. Sin amor, la muerte no te da las llaves de la existencia. Con amor te entrega la llave de todo lo que existe. Mi primera experiencia con la muerte no fue un simple encuentro . Fue complejo en muchos aspectos. El hombre que amaba se estaba muriendo. Lo conocía como un padre. Me crió con absoluta libertad, sin inhibiciones, sin represiones y sin órdenes. Nunca me dijo: «No hagas esto» o «No hagas aquello». Sólo ahora me doy cuenta de la belleza de ese hombre. Amé a ese hombre porque él amó mi libertad. Sólo puedo amar si mi libertad es respetada. Si tengo que negociar y obtener amor (*) N. del T.- «Nana» y «Nani» son los nombres con los que Osho se refiere a su abuelo y a su abuela. pagando con mi libertad, entonces ese amor no es para mí. Entonces es para mortales de segunda fila, no es para los que saben. «Mi Señor, esta vida que tú me has dado, te la entrego de nuevo con mi agradecimiento». Estas fueron las palabras finales de mi abuelo, aunque nunca creyó en Dios y no era hindú. Antes de morir, entre otras cosas, repitió una cosa una y otra vez: «Detén la rueda»... Mi abuelo se estaba muriendo y nos pedía que detuviéramos la rueda. ¡Qué tontería! ¿Cómo puedo detener la rueda? Teníamos que llegar al hospital y sin la rueda nos hubiéramos perdido en el bosque. Mi abuelo dijo: «Detén la rueda. ¿Rajah, puedes oírme? Si puedo oír la risa de tu abuela, tú debes ser capaz de oírme». Le dije «No te preocupes por su risa. La conozco. No se está riendo de lo que dices; es algo entre nosotros, un chiste que le conté». El respondió: «De acuerdo. Si es un chiste que le contaste entonces está perfectamente bien que ella ría. Pero, ¿qué pasa con el chakra, la rueda?» Ahora lo sé, pero en ese momento no conocía en absoluto esa terminología. La rueda representa toda la obsesión hindú sobre la rueda de la vida y la muerte. Durante miles de años, millones de personas han estado haciendo sólo una cosa: tratando de detener la rueda. El no estaba hablando sobre la rueda de la carreta, esa era muy fácil de detener, de hecho lo difícil era mantenerla en movimiento. No pude comprender en ese momento porqué mi Nana era tan insistente. Quizás la carreta de bueyes -porque no había camino- estaba haciendo demasiado ruido. Todo traqueteaba y él estaba agonizando, así que naturalmente quería detener la rueda. Pero mi abuela rió. Ahora sé porqué rió. El estaba hablando sobre la obsesión hindú acerca de la vida y la muerte la llamada rueda de la vida y la muerte- en pocas palabras, la rueda- la que continúa y continúa... Por eso mi abuelo decía, «Detén la rueda». Si yo hubiera podido detener la rueda, la hubiese detenido, no sólo por él, sino por todos los demás en el mundo. No sólo la hubiese detenido, la hubiese destruido para siempre, para que nadie hubiera podido hacerla girar otra vez. Pero no está en mis manos. Pero ¿por qué esta obsesión? En el momento de su muerte me di cuenta de muchas cosas que han ido determinando toda mi vida. Le pregunté al oído: «Nana, ¿tienes algo que decirme antes de partir? ¿Unas últimas palabras? ¿O quieres darme algo para recordarte siempre?» Se quitó su anillo y lo colocó en mi mano. Ese anillo fue siempre un misterio. En toda su vida no permitió a nadie ver que había en él, sin embargo una y otra vez acostumbraba a mirar dentro de él. Ese anillo tenía una ventana de cristal a ambos lados por la que se podía mirar a través. La parte superior era un diamante, a cada uno de los lados había una ventana de cristal. No permitía que nadie viera lo que él acostumbraba mirar a través de la ventana. En el interior, había una imagen de Mahavira, el tirthankara jaino; una imagen realmente hermosa y muy pequeña. Debía de haber una pintura muy pequeña de Mahavira en el interior y estas dos ventanas eran cristales de aumento. La ampliaba y se veía realmente inmensa. Con lágrimas en los ojos dijo: «No tengo nada más para darte pues todo lo que tengo también a ti te será quitado, del mismo modo como me lo han arrebatado a mí. Sólo puedo darte mi amor por aquél que se ha conocido a sí mismo». Aunque no conservé su anillo, cumplí su deseo. He conocido a «aquél» y lo he conocido en mí mismo. Un anillo, ¿qué importa? Pero el pobre anciano, amaba a su Maestro, Mahavira y me entregó su amor. Respeto su amor por el Maestro y por mí. Las últimas palabras en sus labios fueron: «No te preocupes, pues no me estoy muriendo». Todos esperamos que dijera algo más, pero eso fue todo. Sus ojos se cerraron y murió. Mi Nani sostenía mi mano y yo estaba completamente aturdido, no entendía lo que estaba sucediendo inmerso por completo en ese momento. La cabeza de mi abuelo estaba en mi regazo. Apoyé mis manos sobre su pecho y lenta, lentamente, la respiración desapareció. Cuando sentí que ya no respiraba más, le dije a mi abuela: «Lo siento, Nani, pero parece que ya no respira». Ella dijo «Es normal. No tienes que preocuparte. Ha vivido suficiente, no hay necesidad de pedir más». También me dijo: «Recuerda, porque estos son los momentos que no deben olvidarse; nunca pidas más. Lo que hay, es suficiente». Todavía recuerdo ese silencio. La carreta pasaba a través del lecho de un río. Recuerdo exactamente cada detalle. No dije nada, pues no quería molestar a mi abuela. Ella no dijo nada. Pasaron unos instantes, entonces me preocupé por ella y le dije: «Di algo; no estés tan quieta, es inaguantable». Puedes creerlo. ¡Cantó una canción! Así es como aprendí que la muerte debe celebrarse. Cantó la misma canción que había cantado cuando se enamoró de mi abuelo por primera vez. La separación tiene su propia belleza, así como el encuentro. La separación tiene su
propia poesía; sólo hay que aprender su lenguaje y vivirla en su profundidad. Entonces,
de la tristeza misma surge una nueva dicha; lo que parece casi imposible, pero sucede, yo
lo he conocido. Glimpses of a Golden Childhood, 1981 Recuerdos de una Infancia Dorada
OSHO, Muerte: la Mayor Ficción, pags 11-15 |
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