Caminos a Dios 

 

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El fin de la vida: ¿LA MUERTE?

Hola ¿cómo estás? ¿como van tus días en este planeta? En este período de aprendizaje y lucha que nos toca vivir casi a diario, es inevitable caer en preguntas existenciales para hallar sosiego o intentar despertar a la verdad. Cuando veo que hay un fenómeno natural (en relación a la reflexión de la semana anterior) que es excepcionalmente inexorable, me pregunto cuál es la enseñanza que hay detrás de esto que la vida adopta como ley natural: los hijos verán morir a sus padres.

Hablábamos con una doctora amiga de que se puede elegir NO SER PADRE, pero jamás se puede elegir NO SER HIJO. De la manera en que nacemos en este mundo, es imposible librarse de tal atributo. uno nace como HIJO. Más allá de eso, por supuesto, uno es una persona, pero ni bien despertamos a la vida, lo hacemos saliendo del cuerpo de nuestra MADRE: somos sus hijos. Antes que nada, somos creaciones de Dios, Hijos de Él. pero en esta vida terrestre como tal, nacemos siendo hijos.

Ante esta encrucijada que veo ante mí, donde mi madre ha de desaparecer seguramente del plano físico antes que yo, sumado esto a la lucha contra el cáncer que está batallando, sería estúpido de mi parte ocultarte mi dolor, mi anhelo de que mi madre siempre esté conmigo. Eso es lo que sentimos cuando somos niños: al lado de mi mamá, nada malo puede pasarme, ella me protege.

Osho decía que el niño nunca muere en uno, que sobre este ser niño, luego se acopla la capa del joven, luego la del adulto, luego la del viejo, luego la del que va a morir. Pero siempre, en la esencia, somos un niño, en nuestra primer raíz. Por eso Osho recordaba una especie de terapia que había traído Patanjali, que consistía en la comprensión capa a capa de nuestros conflictos. Se dice que si cortas las ramas del árbol, estas volverán a crecer, pero si cortas su raíz de cuajo, el árbol morirá. De la misma manera, si hallamos los conflictos del niño y los erradicamos, no habrá conflicto en las capas superiores de este ser actual.

Lo cierto es que nuestra madre partirá de este mundo en algún momento. ¿Para qué nace uno? ¿Será caso para morir, al menos físicamente? Porque bien sabido s que somos eternos, pero ciertamente, en un aspecto REAL se NACE y se MUERE. Y somos testigos de ambas etapas.

El maestro me decía que la cuerda tiene dos puntas: el nacimiento y la muerte. La cuerda es la vida. La Ley está hecha de tal manera que logremos un aprendizaje trascendental, aunque en extremo doloroso. Muy probablemente, (salvo excepciones) hasta el peor de los rufianes llorará ante la exhalación de su madre, y se quedará desconsolado en su lecho de muerte. Eso sucede porque antes que rufián, el fue un niño, y su madre lo protegió, alimentó, cuidó. Luego el ego creció, y por una u otra causa, la cáscara adoptó la forma de rufián.

También el maestro me dijo: no podrás evitar el dolor ante la muerte, pero se trata de llegar a ese momento de la manera más íntegra posible. Tú   has tenido terror desde chico a la enfermedad y su conexión con la muerte. Ahora, ineludiblemente, tu madre te está dando una lección por la que todo hombre ha pasado, pasa y pasará. Luego probablemente será tu padre. Lo que es terrible para nosotros, al dejar de ser esto una proyección y volverse una realidad tangible, es que nos enfrenta al hecho de que TODOS MORIREMOS.

Tal como dijimos en la reflexión de la semana pasada, no se trata de que uno muere, sino de que el alma se libera del cuerpo. Pero esta certeza es insuficiente a veces ante el dolor que provoca que nuestro ser amado ya no esté más con nosotros. Ese ser, llamado madre, es la conexión divina con Dios, la que sirvió de instrumento para cumplir su Voluntad. ¿Cómo no ha de doler su partida? ¿Acaso nuestro niño interior no sentirá que su madre lo ha dejado, ya no estará para protegerlo?.

Entonces tal vez cabe mirar de nuevo a esta situación: nacemos para morir (al menos corporalmente). Sólo es una cuestión de tiempo y circunstancia, pero nuestro cuerpo no es inmortal. Se deteriora. Y esto NO ES UNA FALLA. Esto es así en este planeta para una meta. No quiero que nos pongamos en maestros y comencemos a intelectualizar sobre la cuestión, y hablemos como grandes sabihondos. Quiero que tu ser y el mío solamente contemplen esta certeza llamada muerte. Es como un paisaje, como un atardecer. Hagámoslo en silencio, no arruinemos esta enseñanza. Uno no puede enfrentar a la muerte, sólo puede contemplarla. Tal como decía Jesús: ¿a qué preocuparse? Ninguno puede añadir un sólo minuto a su vida por más que se lo proponga, porque el tiempo ya ha sido determinado para cada quien...

Yo estoy aprendiendo, como tú. No tengo ninguna respuesta para darte. Me pregunto las mismas cosas, y a veces en el silencio se susurran las respuestas. Pero no son claras muchas veces. Son sólo susurros, atisbos de la Verdad.

Medita en esta cuestión, pues es tan importante como la pregunta de ¿para qué he nacido?. Este mundo es dual, ya lo sabemos. En medio de esta reflexión te dejo con las palabras de alguien que no temía a la muerte. Tal vez nos ayuden en algo. Te veo pronto...

LA MUERTE: LA MAYOR FICCIÓN

 

El padre de mi madre cayó enfermo de repente. No era su hora de morir. No tendría más de cincuenta años, quizá menos, incluso puede que más joven de lo que yo soy ahora. Mi abuela tenía justo 50 años, estaba en la cúspide de su juventud y belleza.

Le pregunté: «El ha muerto. Lo amaste. ¿Por qué no estás llorando?»

Ella respondió: «Por ti. No quiero llorar ante un niño» -era una gran mujer - «y no quiero consolarte. Si empiezo a llorar, naturalmente tu llorarás; entonces ¿quién consolará a quién?»

Debo describir esta situación: íbamos en una carreta de bueyes desde el pueblo de mi abuelo al de mi padre, pues el único hospital estaba allí. Mi abuelo estaba seriamente enfermo; no sólo enfermo, sino también inconsciente, casi en coma. Ella y yo éramos las únicas personas en la carreta. Puedo comprender su compasión por mí. Ella no lloró en el momento de la muerte de su amado esposo, sólo por mí; pues yo era el único allí y no había nadie más para consolarme

Dije: «No te preocupes. Si puedes permanecer sin llorar, yo también lo puedo hacer». Y, lo creáis o no, aquel niño de siete años no lloró.

Incluso ella estaba confundida; dijo, «¿No estás llorando?»

Le respondí: «No, quiero consolarte».

Había un extraño grupo de gente en esa carreta de bueyes. Bhoora estaba conduciendo. Sabía que su amo estaba muerto, pero no miraría hacia el interior de la carreta, ni aun pudiendo, pues era sólo un sirviente y no era su derecho interferir en asuntos privados. Esto es lo que me dijo: «La muerte es un asunto privado; ¿Cómo puedo mirar? Lo oí todo desde el asiento del conductor. Quería llorar; lo amé tanto. Me sentía como un huérfano; pero no pude mirar dentro de la carreta, de otra forma él nunca me lo hubiera perdonado».

Una extraña compañía, y Nana (*) estaba en mi regazo. Fui un niño de siete años al lado de la muerte, no sólo por unos pocos segundos, sino continuamente durante veinticuatro horas. No había carretera y era difícil llegar a la ciudad de mi padre. El avance era muy lento. Permanecimos con el cadáver durante veinticuatro horas... y él murió lentamente, poco a poco. Sentí como le llegaba la muerte y pude contemplar su gran silencio.

Tuve también suerte de que mi Nani (*) estuviera presente. Sin ella quizás no hubiese podido conocer la belleza de la muerte, porque el amor y la muerte son muy similares; tal vez lo mismo. Ella me amaba. Derramaba su amor sobre mí y la muerte estaba allí, llegando lentamente.

La carreta de bueyes... todavía escucho su sonido, el traqueteo de las ruedas sobre las piedras, Bhoora continuamente gritando a los bueyes, el sonido del látigo golpeándoles... Todavía puedo oírlo. Está tan profundamente enraizado en mi experiencia que ni aún mi muerte creo que lo borrará. Incluso cuando muera puede que oiga nuevamente el sonido de esa carreta.

Sabía de la muerte de otras personas, pero sólo de oídas. No las había visto, e incluso si las había visto, no habían tenido sentido para mí. A menos que ames a alguien y dicha persona muera, no puedes realmente enfrentarte a la muerte.

Que quede claro: La muerte sólo puede ser encarada cuando un ser amado muere.

Cuando te rodean el amor y la muerte, hay una transformación, una inmensa mutación, como si naciera un nuevo ser. No eres nunca el mismo otra vez. Pero la gente no ama y , al no amar, no puede experimentar la muerte de la manera en que yo la experimenté. Sin amor, la muerte no te da las llaves de la existencia. Con amor te entrega la llave de todo lo que existe.

Mi primera experiencia con la muerte no fue un simple encuentro . Fue complejo en muchos aspectos. El hombre que amaba se estaba muriendo. Lo conocía como un padre. Me crió con absoluta libertad, sin inhibiciones, sin represiones y sin órdenes. Nunca me dijo: «No hagas esto» o «No hagas aquello». Sólo ahora me doy cuenta de la belleza de ese hombre.

Amé a ese hombre porque él amó mi libertad. Sólo puedo amar si mi libertad es respetada. Si tengo que negociar y obtener amor

(*) N. del T.- «Nana» y «Nani» son los nombres con los que Osho se refiere a su abuelo y a su abuela.

pagando con mi libertad, entonces ese amor no es para mí. Entonces es para mortales de segunda fila, no es para los que saben.

«Mi Señor, esta vida que tú me has dado, te la entrego de nuevo con mi agradecimiento». Estas fueron las palabras finales de mi abuelo, aunque nunca creyó en Dios y no era hindú.

Antes de morir, entre otras cosas, repitió una cosa una y otra vez: «Detén la rueda»... Mi abuelo se estaba muriendo y nos pedía que detuviéramos la rueda. ¡Qué tontería! ¿Cómo puedo detener la rueda? Teníamos que llegar al hospital y sin la rueda nos hubiéramos perdido en el bosque.

Mi abuelo dijo: «Detén la rueda. ¿Rajah, puedes oírme? Si puedo oír la risa de tu abuela, tú debes ser capaz de oírme».

Le dije «No te preocupes por su risa. La conozco. No se está riendo de lo que dices; es algo entre nosotros, un chiste que le conté».

El respondió: «De acuerdo. Si es un chiste que le contaste entonces está perfectamente bien que ella ría. Pero, ¿qué pasa con el chakra, la rueda?»

Ahora lo sé, pero en ese momento no conocía en absoluto esa terminología. La rueda representa toda la obsesión hindú sobre la rueda de la vida y la muerte. Durante miles de años, millones de personas han estado haciendo sólo una cosa: tratando de detener la rueda. El no estaba hablando sobre la rueda de la carreta, esa era muy fácil de detener, de hecho lo difícil era mantenerla en movimiento.

No pude comprender en ese momento porqué mi Nana era tan insistente. Quizás la carreta de bueyes -porque no había camino- estaba haciendo demasiado ruido. Todo traqueteaba y él estaba agonizando, así que naturalmente quería detener la rueda. Pero mi abuela rió. Ahora sé porqué rió. El estaba hablando sobre la obsesión hindú acerca de la vida y la muerte la llamada rueda de la vida y la muerte- en pocas palabras, la rueda- la que continúa y continúa...

Por eso mi abuelo decía, «Detén la rueda». Si yo hubiera podido detener la rueda, la hubiese detenido, no sólo por él, sino por todos los demás en el mundo. No sólo la hubiese detenido, la hubiese destruido para siempre, para que nadie hubiera podido hacerla girar otra vez. Pero no está en mis manos.

Pero ¿por qué esta obsesión? En el momento de su muerte me di cuenta de muchas cosas que han ido determinando toda mi vida.

Le pregunté al oído: «Nana, ¿tienes algo que decirme antes de partir? ¿Unas últimas palabras? ¿O quieres darme algo para recordarte siempre?»

Se quitó su anillo y lo colocó en mi mano. Ese anillo fue siempre un misterio. En toda su vida no permitió a nadie ver que había en él, sin embargo una y otra vez acostumbraba a mirar dentro de él. Ese anillo tenía una ventana de cristal a ambos lados por la que se podía mirar a través. La parte superior era un diamante, a cada uno de los lados había una ventana de cristal. No permitía que nadie viera lo que él acostumbraba mirar a través de la ventana. En el interior, había una imagen de Mahavira, el tirthankara jaino; una imagen realmente hermosa y muy pequeña. Debía de haber una pintura muy pequeña de Mahavira en el interior y estas dos ventanas eran cristales de aumento. La ampliaba y se veía realmente inmensa.

Con lágrimas en los ojos dijo: «No tengo nada más para darte pues todo lo que tengo también a ti te será quitado, del mismo modo como me lo han arrebatado a mí. Sólo puedo darte mi amor por aquél que se ha conocido a sí mismo».

Aunque no conservé su anillo, cumplí su deseo. He conocido a «aquél» y lo he conocido en mí mismo. Un anillo, ¿qué importa? Pero el pobre anciano, amaba a su Maestro, Mahavira y me entregó su amor. Respeto su amor por el Maestro y por mí. Las últimas palabras en sus labios fueron: «No te preocupes, pues no me estoy muriendo».

Todos esperamos que dijera algo más, pero eso fue todo. Sus ojos se cerraron y murió.

Mi Nani sostenía mi mano y yo estaba completamente aturdido, no entendía lo que estaba sucediendo inmerso por completo en ese momento. La cabeza de mi abuelo estaba en mi regazo. Apoyé mis manos sobre su pecho y lenta, lentamente, la respiración desapareció. Cuando sentí que ya no respiraba más, le dije a mi abuela: «Lo siento, Nani, pero parece que ya no respira».

Ella dijo «Es normal. No tienes que preocuparte. Ha vivido suficiente, no hay necesidad de pedir más».

También me dijo: «Recuerda, porque estos son los momentos que no deben olvidarse; nunca pidas más. Lo que hay, es suficiente».

Todavía recuerdo ese silencio. La carreta pasaba a través del lecho de un río. Recuerdo exactamente cada detalle. No dije nada, pues no quería molestar a mi abuela. Ella no dijo nada. Pasaron unos instantes, entonces me preocupé por ella y le dije: «Di algo; no estés tan quieta, es inaguantable».

Puedes creerlo. ¡Cantó una canción! Así es como aprendí que la muerte debe celebrarse. Cantó la misma canción que había cantado cuando se enamoró de mi abuelo por primera vez.

La separación tiene su propia belleza, así como el encuentro. La separación tiene su propia poesía; sólo hay que aprender su lenguaje y vivirla en su profundidad. Entonces, de la tristeza misma surge una nueva dicha; lo que parece casi imposible, pero sucede, yo lo he conocido.
 

Glimpses of a Golden Childhood, 1981

Recuerdos de una Infancia Dorada

OSHO, Muerte: la Mayor Ficción, pags 11-15 (Editorial Gulab)

 

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