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El porqué de un maestro Saludos a tu esencia, sean la Luz y la Paz en tu ser. Hoy quería hablar un poco de esto, del por qué muchas personas no creen en la necesidad de un maestro, otras tantas creen que sería de mucha ayuda, otras lo creen imprescindible para avanzar en la senda espiritual, y otras lo ven como un insulto ya que consideran que sólo uno puede y debe ser su propio maestro. Primero tal vez necesitemos saber si es lo mismo en cuanto al significado, mencionar las palabras tales como guía, gurú, instructor o maestro. En cuanto a mi transcurrir en esta vida, siempre consideré a Lakshahara como mi maestro. Más tarde, durante el año 2000, se reveló conscientemente en mí Johanán o Juan el Bautista como maestro interior. Vayamos ahora a la pregunta que da origen al título de esta reflexión semanal, y sólo puedo decir esto: un maestro no sólo llega ante nuestra petición, ni ante nuestro deseo. Llega como cada cosa en el Plan de Dios, cuando uno está listo para ser alumno. Hay muchas personas que he visto que anhelan fervientemente tener un maestro, pero que son incapaces de ser alumnos. Una mujer se convierte en madre cuando cría con amor a su niño, quien a la vez se convierte en hijo. Esta relación madre-hijo es similar a la relación maestro-alumno. También hay otros términos para alumno como ser iniciado, aprendiz o discípulo, difiriendo ellas como en el caso de las acepciones de maestro. Por lo tanto, y aunque parezca discriminativo a primera vista lo que voy a decir, no todo el mundo puede tener un maestro, sencillamente porque no todo el mundo puede recibir enseñanza de esa manera ni está listo para ser discípulo. Por eso, el mismo devenir de las reencarnaciones, van preparando al ser para que llegue este momento. Algunos creen que quienes requieren de la enseñanza de un maestro son incapaces de aprender por sí mismos. Nada más alejado de la verdad. Deben desarrollarse muchas cualidades y depurarse mucho el ser para que los seres de lo Alto envíen uno de sus guías. Desde el instante en que se crea la relación maestro-alumno, nada vuelve a ser igual. El alumno tiene en el maestro a su guardián y amigo más estrecho. El maestro se convierte en aquel que alumbra el camino para alcanzar la meta. Pero aquí debo realizar una advertencia: siempre en los comienzos, el alumno cree al sentirse protegido, que el maestro hará el trabajo por él. El verdadero maestro puede aliviar las cargas, secretamente llevar algunas que nos son insoportables, pero por sobretodo nos enseñará como ser libres. Llegado el momento, cuando estemos maduros, y muy a nuestro pesar, es posible que nos abandone hasta físicamente, tal como una madre cría al hijo hasta que alcanza su madurez, y luego de encaminado, lo deja partir para vivir su propia vida. El maestro siempre llevará al alumno hasta el extremo, pondrá su mente en conflicto, lo templará como el martillo templa la espada golpeando contra el yunque del herrero. Sentirá todos los dolores, los propios y los de su amado discípulo, y estará de tantas formas como Dios le dicte para hacer que su amado avance. No cualquiera es un maestro. No cualquiera es un discípulo. Lo importante es que el ego no se confunda con estas afirmaciones. He dicho en más de una ocasión a quienes me escriben por primera vez solicitando mi guía, que de NINGÚN MODO soy un maestro, sino que soy alguien común en camino a Dios, que cuenta con la gracia de la enseñanza de uno de estos seres. Por eso esta semana, quiero darles este escrito que fluyó en mi ser, y espero que aquellos que no tienen en esta vida un maestro no se abatan, pues quizá lo han tenido en alguna anterior y deban poner en práctica lo aprendido en esta, o tal vez en su vida venidera sean hallados como un tesoro y llevados a la enseñanza verdadera...
EL MAESTRO VERDADERO
Conocer al maestro es el comienzo del real conocimiento de uno mismo. El maestro es la parte externa de nuestra espiritualidad más recóndita, es aquel que Dios puso fuera para que veamos dentro. No existe un encuentro casual con un maestro verdadero. Es más, no existe un encuentro sino un RE-ENCUENTRO. Es el maestro quien nos halla. No me pregunten por qué, sólo sé que uno es hallado. Todo maestro es un buscador de tesoros, un buzo experto que conoce los profundos secretos del océano más abismal. Cuando se sumerge en busca de las perlas, de acuerdo al mapa que Dios le ha dado y que yace en su memoria, nos encuentra. Pero esa perla que somos está recubierta de lodo, sumergida en la obscuridad, y tapada por años y años de olvido. A medida que el buzo nos lleva hacia la luz de la superficie, el barro se va desprendiendo. Aún allí arriba, él deberá limpiarnos con destreza, algunos instrumentos, y también tendrá que abrir nuestro caparazón para que la belleza alojada en nuestra esencia queda a la vista. Un maestro también es un artista. Nosotros somos su materia prima, su roca dónde él tiene la inspiración divina necesaria para hallar la forma pura escondida tras la roca. Un maestro es también un cirujano que extrae quistes y cánceres, repara tejidos y arterias, restablece el estado originario que es la salud. Un maestro es también un rayo del sol: basta con que nos de en el rostro, para que veamos al sol, sintamos su calor y su luz. No es el sol, sino uno de sus rayos. Un maestro es un jardinero. Cuida sus plantas desde antes que sean plantas. Las siembra cuando son semillas, las clasifica, prepara el suelo donde las depositará, las riega y cuida de ponerlas en algún lugar donde el sol no sea demasiado fuerte ni donde dé demasiada sombra. Cuida que tenga todo lo que necesita, pone un cerco alrededor mientras la planta crece, para preservarla. Aleja todas las malezas, pero una vez que la planta ya tiene un tronco lo suficientemente fuerte, le quita el cerco de golpe, y contempla la belleza de Dios en la planta. El maestro verdadero nos conoce antes de que nosotros lo conozcamos. La desgracia de este mundo es que la mayoría de nosotros nos comportamos como maestros. Difícilmente callamos cuando no sabemos, porque creemos que sabemos. Y es así que son pocos los que en verdad son conscientes de que a esta Tierra venimos a aprender y no a enseñar. El orgullo y vanidad humanas parecen no tener límites. El verdadero maestro no se llama a sí mismo maestro, y sólo permite que lo llame así el alumno sincero. El maestro es capaz de dar la vida por su alumno, y rara vez sucede a la inversa. El maestro verdadero conoce hasta donde llegará cada discípulo, cuáles son sus posibilidades reales, cuáles son sus flaquezas y debilidades, y cuáles son sus virtudes. Habla cuando es necesario, grita cuando es necesario, y calla cuando es necesario. El maestro verdadero no sólo enseña con palabras, sino que todo lo que realiza es enseñanza, aún más allá de su voluntad, pues ésta es la de Dios, y no la de su persona humana. El maestro verdadero es un ducto, un pasadizo secreto hacia Dios, más directo aunque oculto. No por ello es fácil, sino que encierra en su interior concentradas todas las cosas del camino largo. Lo que normalmente un hombre alcanza en diez vidas, con un verdadero maestro puede alcanzarse en una, aunque el esfuerzo, la dicha y el dolor son diez veces más intensas en esa misma vida. Un maestro verdadero es una catapulta: una vez que tú aceptas ser instruido por él, es como ser disparado hacia el cielo: tendrás miedo, vértigo, incertidumbre, atravesarás las nubes de una manera nunca antes concebida por ti, te preguntarás por qué te colocaste en ella si ibas a ser disparado. Una vez que fuiste disparado, no hay vuelta atrás: ya estás volando. Y llegarás más rápido que de cualquier otro modo. El apunta con mucho cuidado el blanco al que te dirige, mide los vientos y cientos de factores para tu vuelo, y sólo una vez que estás listo, luego de los preparativos, te lanza hacia la meta. Un maestro verdadero es dicha, porque Dios posee una parte que para ser consciente de sí mismo, debe buscarse. Una vez que se produce el hallazgo, el resultado inexorable es la dicha misma...
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