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HERMES ¿Qué es Dios? Aquel que no es absolutamente ninguna de estas cosas, pero que por otra parte, es para estas cosas la causa de su existencia, para todas ellas, y para cada uno de los seres en particular. Pues no ha dejado lugar alguno para no ser, y todas las cosas que existen vienen al ser a partir de cosas que existen y no a partir de cosas que no existen: Porque las cosas inexistentes no tienen una naturaleza que les permita llegar a ser, sino que su naturaleza es tal que no pueden devenir alguna cosa, y a la inversa la naturaleza de las cosas que son no les permite no ser. Dios, pues, no es el intelecto, sino causa de que el intelecto exista; no es aliento, sino causa de que exista el aliento, y no es luz, sino causa de que la luz exista. De manera que bajo dos nombres hay que adorar a Dios, pues sólo le pertenecen a él, y a ningún otro. Ya que ninguno de los demás seres llamados dioses, ni los hombres, ni los espíritus, pueden, incluso en cualquier grado que fuere, ser buenos, salvo Dios solo. Y él es eso solamente y ninguna otra cosa. Todos los demás seres son incapaces de contener la naturaleza del Bien: pues son cuerpo y alma, y no tienen lugar que pueda contener el Bien. Porque la amplitud del Bien es tan grande como la realidad de todos los seres, de los corpóreos y de los incorpóreos, de los sensibles y de los inteligibles. He ahí lo que es el Bien, he ahí lo que es Dios. Por lo tanto no vayas a llamar buena a ninguna otra cosa, pues es una impiedad, ni vayas nunca a dar a Dios cualquier otro nombre que no sea sólo el de Bien, pues eso también es una impiedad. Cierto, todos pronuncian la palabra "Bien", pero no todos perciben lo que éste puede ser. Por ello es que tampoco todos perciben lo que es Dios, pero, por ignorancia, se llama buenos a los dioses y a algunos hombres, cuando sin embargo no pueden nunca serlo ni llegar a serlo: pues el Bien es lo que menos se puede sustraer a Dios, es inseparable de Dios, puesto que es Dios mismo. Se honra con el nombre de Dios a todos los demás dioses inmortales: pero Dios, él, es el Bien, no por una denominación honorífica, sino por naturaleza. Porque la naturaleza de Dios no es sino una cosa: el Bien, y ambos juntos no constituyen sino una sola y única especie, de la que salen todas las especies. Pues el ser bueno es aquél que da todo y no recibe nada. Pues bien, Dios da todo y no recibe nada. Dios es pues el Bien, y el Bien es Dios. La otra denominación de Dios es la de Padre, a causa de su virtud de crear todas las cosas: pues es al padre a quien pertenece el crear. Dios, él, no es responsable, somos nosotros los responsables de nuestros males, en tanto los preferimos a los bienes. ¿Ven, cuántos cuerpos hemos de atravesar, cuántos coros de espíritus, y qué sucesión continua y qué cursos de astros, a fin de ir aprisa hacia el Uno y Solo? Porque el Bien es infranqueable, sin límite y sin fin, y en lo que respecta a él mismo, también sin comienzo, aunque a nosotros nos parezca que tiene uno cuando llegamos a conocerlo. Pues el conocimiento no señala el comienzo del mismo Bien, es solamente para nosotros que comienza en tanto que objeto a conocer. Aferrémonos pues de ese comienzo y apresurémonos en recorrerlo todo: Porque es una vía de difícil comprensión el abandonar los objetos familiares y presentes para deshacer camino hacia las cosas antiguas y primordiales. En efecto, lo que aparece a los ojos hace nuestras delicias mientras que lo no aparente despierta en nosotros la duda. Ahora bien las cosas malas son más aparentes a los ojos. El Bien por el contrario es invisible a los ojos visibles. No tiene en efecto ni forma ni figura. Es por ello que aunque es semejante a sí mismo, es desemejante a todo el resto: Pues es imposible que algo incorpóreo se muestre como aparente a un cuerpo. Tal es la diferencia de lo semejante con lo desemejante, y la deficiencia que afecta a lo no semejante con respecto a lo semejante. Tal es pues, la imagen de Dios que os he dibujado lo mejor que he podido: si la contemplan exactamente y se la representan con los ojos del corazón, creedme, encontrarán el camino que conduce a las cosas de lo alto. O, más bien, es la propia imagen quien les mostrará la ruta. Pues la contemplación posee una virtud propia: toma posesión de los que ya una vez han contemplado, y los atrae a sí como se dice el imán atrae al hierro. Lo inaparente existe siempre, porque no tiene necesidad de aparecer: Es eterno en efecto, y es él quien hace aparecer todas las demás cosas, siendo él mismo inaparente ya que existe siempre. Hace aparecer todas las cosas, pero él mismo no aparece jamás, engendra, pero él mismo no es engendrado; nunca se nos ofrece como imagen sensible, pero él es quien da una imagen sensible a todas las cosas. Pues manifestación en imagen sensible sólo la hay de los seres engendrados: En efecto venir al ser no es otra cosa que aparecer a los sentidos. Por eso es evidente que el Único no engendrado es a la vez inaparente y no susceptible de ofrecerse en imagen sensible, pero, como él da imagen sensible a todas las cosas, aparece a través de todas, y en todas, y aparece sobre todo a aquellos a quienes él mismo ha querido manifestarse. Ustedes rueguen en primer lugar al Señor, Padre y Solo, que no es el Uno sino fuente del Uno, que se muestre propicio, a fin de que puedan alcanzar por el entendimiento ese Dios tan grande y para que haga resplandecer uno de sus rayos, aunque sea uno sólo, sobre vuestra inteligencia. En efecto, sólo el Conocimiento ve lo inaparente, ya que él mismo es inaparente. Si pueden, aparecerá entonces a los ojos del intelecto, pues el Señor se manifiesta con plena liberalidad a través de todo el Universo. ¿Pueden ver los pensamientos y asirlos con sus propias manos y contemplar la imagen de Dios? Pues, si incluso lo que está en vosotros es para ustedes inaparente, ¿cómo se les manifestará Dios mismo, por medio de los ojos del cuerpo? Así pues si quieren ver a Dios, consideren el sol, consideren el curso de la luna, consideren el orden de los astros. ¿Quién es el que los mantiene así? Todo orden en efecto supone una delimitación en cuanto al número y al lugar. ¿Todos esos astros que están en el cielo no cumplen, cada uno por su lado, un curso semejante o equivalente? ¿Quién ha determinado para cada uno de ellos el modo y la amplitud de su carrera? He aquí la Osa, que gira alrededor de sí misma, arrastrando en su revolución al cielo entero: ¿Quién es el que posee ese instrumento? ¿Quién es el que ha encerrado el mar en sus límites? ¿Quién el que ha asentado la tierra sobre su fundamento? Pues existe alguien que es el creador y señor de todas esas cosas. No podría ser, en efecto, que ni el lugar ni el número ni la medida fueran cumplidos con regularidad si no existiese alguien que los ha creado. Todo buen orden supone en efecto un creador, sólo la ausencia de lugar y medida no lo supone. Pero aun esta ausencia no carece de señor. En efecto, si lo desordenado es deficiente, no por ello obedece menos al señor que todavía no ha impuesto el orden en la ausencia de lugar y armonía. ¡Quiera el cielo que les fuera dado tener alas y elevarse al aire, y allí, situados en el medio de la tierra y del cielo, ver la masa sólida de la tierra, las olas extensas del mar, el correr de los ríos, los movimientos libres del aire, la penetración del fuego, la carrera de los astros, la rapidez del cielo, su rotación alrededor de los mismos puntos! ¡Qué visión tan bienaventurada, cuando se contemplan en un solo momento todas estas maravillas, lo inmóvil puesto en movimiento, lo inaparente volviéndose aparente a través de las obras que genera! Tal es el orden del universo y tal la hermosa armonía de ese orden. Si quieren contemplar a Dios también a través de los seres mortales, de los que viven sobre la tierra y de los que viven en el abismo, consideren cómo es formado el hombre en el vientre materno, examinen con atención la técnica de esta producción y aprendan a conocer quién es aquel que moldea esta bella, esta divina imagen que es el hombre. ¿Quién ha trazado los círculos de los ojos? ¿Quién ha horadado los agujeros de la nariz y los oídos? ¿Quién ha hecho la abertura de la boca? ¿Quién ha tensado los músculos y los ha ligado? ¿Quién ha conducido los canales de las venas? ¿Quién ha solidificado los huesos? ¿Quién ha recubierto toda la carne de piel? ¿Quién ha separado los dedos? ¿Quién ha agrandado la planta de los pies? ¿Quién ha abierto los conductos? ¿Quién ha extendido el bazo? ¿Quién ha modelado el corazón en forma de pirámide? ¿Quién ha cosido juntos los nervios? ¿Quién ha ensanchado el hígado? ¿Quién ha ahuecado las cavidades del pulmón? ¿Quién ha construido el amplio receptáculo del bajo vientre? ¿Quién ha hecho las partes nobles para que sean bien evidentes y ha cubierto las vergonzosas? Ven, ¡cuántas técnicas diferentes aplicadas a la misma materia, cuántas obras de arte reunidas en una sola figura, y todas admirablemente bellas, todas exactamente medidas, todas diversas unas de otras! ¿Quién ha creado pues todas esas cosas? ¿Qué madre, qué padre, sino el Dios invisible que, por su propia voluntad, todo lo ha fabricado? Nadie presume que una estatua o una pintura pueda haber sido hecha sin escultor o sin pintor, ¿y esta creación habría venido a ser sin Creador? ¡Qué colmo de ceguera! ¡Qué colmo de impiedad! ¡Qué colmo de irreflexión! Nunca vayan a separar las obras creadas de su Creador. O más bien, él es aún más grande que lo que implica el nombre Dios: tal es la grandeza del Padre de todas las cosas; porque, en verdad, él es el único en ser padre y es esto mismo lo que constituye su función propia, el ser padre. Si pueden concebir a Dios, concebirán también lo bello y bueno, lo soberanamente luminoso, lo soberanamente iluminado por Dios; pues esa belleza es incomparable, y esa bondad inimitable, tal como Dios mismo. Cuando van en busca de Dios, es también hacia lo bello que van. Porque no hay más que una sola senda que lleva de aquí hacia lo bello, la veneración acompañada del Conocimiento. En lo tocante al alma y al cuerpo, hay que decir ahora de qué manera el alma es inmortal y de qué especie es la fuerza que causa el ensamblaje del cuerpo y su disolución. Porque la muerte no tiene nada que ver con ninguna de estas cosas, sino que es sólo un concepto forjado sobre el término inmortal, sea por pura ficción, sea que por privación de la primera letra se de lugar a la palabra thanatos en lugar de athanatos. Porque la muerte pertenece a la categoría del aniquilamiento: ahora bien, nada de lo que está en el cosmos es aniquilado. Efectivamente, si el cosmos es segundo dios y un viviente inmortal, no es posible que una parte cualquiera de este viviente inmortal llegue a morir: pues todo lo que está en el mundo, es parte del mundo y sobre todo el hombre, el animal racional. Antes de todos los seres está Dios, eterno, no engendrado, creador del universo; viene en segundo lugar aquél que ha sido hecho por el Primero a su imagen y que por él es conservado, nutrido, y dotado de inmortalidad en tanto que nacido de un padre eterno, viviendo sin fin en cuanto inmortal. Porque el viviente sin fin difiere del eterno. Dios, en efecto, no ha sido engendrado por otro: aún suponiendo que lo hubiera sido, lo sería por él mismo. Pero, de hecho, no ha sido nunca engendrado: él se engendra eternamente. El Padre, habiendo nacido de él mismo, es eterno; el cosmos, habiendo salido del Padre, ha nacido inmortal, y todo lo que había de materia, que había sido reservado por su voluntad, ese todo, el Padre lo hizo en forma de cuerpo y, habiéndole dado volumen, le dio figura esférica, habiéndole atribuido incluso esta cualidad, siendo la materia también inmortal y su materialidad eterna. Aún más, después de haber diseminado las cualidades de las formas específicas en el interior de la esfera, el Padre las encerró en ella como en un antro, queriendo adornar con todo atributo el ser así cualificado gracias a sus cuidados, y envolvió completamente de inmortalidad al cuerpo entero a fin de que, aún cuando la materia quisiera separarse del ensamblaje de este cuerpo, no pudiera disolverse en el desorden que le es propio. Porque, cuando la materia no estaba formada en un cuerpo estaba en desorden; e incluso aquí abajo, conserva la facultad de aumento, y la facultad de disminución que los hombres llaman muerte. Este desorden no se produce más que en los vivientes terrestres. Pues, en lo que respecta a los vivientes celestes, sus cuerpos tienen un orden único, aquél que les ha sido asignado por el Padre desde el principio; y este orden es conservado indisoluble por el retorno de cada uno de ellos a su lugar primero. En cuanto al retorno de los cuerpos terrestres a su origen, esto significa la disolución de la ensambladura, y esta disolución consiste en un retorno a los cuerpos indisolubles, es decir, los cuerpos inmortales: así se produce seguramente una pérdida de la conciencia, pero no una aniquilación de los cuerpos. El tercer viviente es el hombre, que ha sido hecho a imagen del cosmos, y que, a diferencia de los otros animales terrestres, posee el Intelecto según la voluntad del Padre; y no sólo está unido al segundo dios por un lazo de simpatía, sino que además toma su inteligencia del primer Dios. A aquél, en efecto, lo percibe mediante la sensación como cuerpo, a éste lo aprehende por la Inteligencia como No Corporal e Inteligente, el Bien. Conciban lo que es Dios, lo que es el Universo, lo que es un viviente inmortal, lo que es un viviente disoluble, y comprendan que el cosmos ha sido hecho por Dios y que es en Dios, y que el hombre ha sido creado por el cosmos y está en el mundo, y que es Dios quien causa, envuelve y mantiene unidas todas las cosas. Ahora bien, el vicio del alma, es la ignorancia. Por el contrario, la virtud del alma es el Conocimiento: Porque aquél que conoce es bueno y piadoso, y ya divino. Dios en efecto, el Padre y el Bien, no se deja ni enseñar por la palabra ni aprender por la audición. En estas condiciones, y aunque todos los seres poseen los órganos de los sentidos porque no pueden vivir sin ello, el conocimiento en este caso difiere mucho de la sensación. En efecto, la sensación no se produce sino bajo dependencia del objeto que hace impresión sobre nosotros, mientras que el Conocimiento es en sí el coronamiento de la ciencia y ella misma un don de Dios. Porque toda ciencia es incorporal, el instrumento del que usa es el Intelecto mismo que, a su vez, se sirve del cuerpo. Ambos pues, los objetos inteligibles y los materiales, están comprendidos en el cuerpo. Porque todo debe resultar de la oposición y de la contrariedad: y es imposible que sea de otro modo. El cosmos es pues el primero. En cuanto al hombre, segundo viviente después del cosmos, pero primero de los mortales, posee en común con los demás vivientes el principio de animación; por otro lado, no es ya solamente nobueno, sino que incluso es malo en tanto que mortal. El cosmos, él, es nobueno en tanto que móvil, pero es nomalo en tanto que inmortal. El hombre, al contrario, es doblemente malo: en tanto que móvil y en tanto que mortal. El alma del hombre es conducida del modo que sigue. El intelecto está en el discurso de la razón, la razón en el alma, el alma en el hálito vital: en fin, el hálito vital pasando a través de las venas, las arterias y la sangre, pone en movimiento el viviente, y puede decirse en una cierta medida que lo porta. Todo el universo está suspendido de un único Principio, y este Principio depende él mismo del Uno y Solo. El Principio, en cuanto a él, está en movimiento, para que a su vez sea principio, en tanto que el Uno sólo permanece estable, no es movido. Hay pues esos tres seres, Dios Padre y Bien, el cosmos, y el hombre. El cosmos es contenido por Dios, el hombre por el cosmos. El cosmos es hijo de Dios, el hombre es hijo del cosmos, nieto por así decir de Dios. Dios no ignora al hombre, al contrario lo conoce perfectamente bien y quiere ser conocido por él. Sólo eso es saludable para el hombre: el conocimiento de Dios. Es eso lo que es el ascenso al Olimpo. Así solamente un alma puede convertirse en buena. Consideren el alma de un niño: Cuando todavía no le ha ocurrido el estar separada de su verdadero ser y el cuerpo al cual pertenece no tiene aún más que un pequeño volumen y no ha alcanzado su pleno desarrollo, ¡qué bella es por cualquier lado que se la mire, en este momento donde no ha sido todavía manchada por las pasiones del cuerpo y se halla casi suspendida del Alma del mundo! Mas cuando el cuerpo ha alcanzado su tamaño y ha arrancado y atraído el alma a lo bajo hacia las pesadeces corporales, el alma, habiéndose separado de su verdadero ser, alumbra el olvido: entonces ya no tiene parte en lo bello y bueno; el olvido es el que la vuelve mala. La misma cosa ocurre a los que salen del cuerpo. Habiéndose remontado el alma hacia su verdadero ser, el hálito vital se contrae en la sangre, el alma en el hálito, y el intelecto, después de haberse purificado de sus envolturas pues es divino por naturaleza, y luego de haber recibido un cuerpo de fuego, recorre todo el espacio, habiendo abandonado el alma al juicio y veredicto que ella amerite. Cuando el intelecto se ha separado pues del cuerpo de tierra, inmediatamente se reviste con la túnica que le es propia, la túnica de fuego, que no podía conservar cuando vino a establecerse en el cuerpo terrestre (pues la tierra no puede llevar el fuego: basta con una pequeña chispa para que toda comience a arder, y he ahí por qué el agua se halla alrededor de toda la tierra como barrera y muro de defensa contra la llama del fuego). El intelecto pues, siendo el más penetrante de todos los conceptos divinos, posee también por cuerpo el más penetrante de todos los elementos, el fuego. Y como el intelecto es el hacedor de todos los seres, es el fuego el que toma como instrumento de su fabricación. El Intelecto del Todo es el hacedor de todos los seres, el intelecto del hombre hace solamente los de la tierra. Porque, despojado como está de su vestimenta de fuego, el intelecto que habita en los hombres es incapaz de hacer los seres divinos, ya que su habitación le impone la condición humana. El alma impía permanece por el contrario en el nivel de su propia naturaleza, castigándose ella misma, y buscando un nuevo cuerpo de tierra en el cual pueda entrar, pero un cuerpo humano: porque ningún otro cuerpo podría contener un alma humana, y el orden divino prohibe que un alma humana vaya a caer en el cuerpo de un animal sin razón. Es en efecto una ley de Dios que el alma humana sea protegida contra tan gran ultraje. ¿No ven los suplicios que soporta el alma impía cuando pide socorro y exclama: "Me consumo, estoy en llamas: ¿qué decir? ¿qué hacer? no lo sé. Soy devorada, desgraciada, por los males que me poseen. Ya no veo, no oigo ya". ¿No son esos los gritos de un alma a la que se castiga? ¿O bien van a creer, según la opinión vulgar, que el alma es tras su salida del cuerpo convertida en bestia, lo que es un gravísimo error? He aquí, en efecto, cual es el castigo del alma. Es el orden establecido que el intelecto, una vez convertido en espíritu, reciba un cuerpo de fuego para ser puesto al servicio de Dios, y que, habiéndose introducido en el alma impía, la flagele con los látigos reservados a los pecadores, bajo cuyos golpes el alma impía se precipita en los crímenes, ultrajes, calumnias y violencias de todo tipo, instrumentos de las injusticias humanas. Por el contrario, cuando el intelecto ha entrado en el alma recta, la guía hacia la luz del conocimiento, y el alma así favorecida no se cansa nunca de cantar a Dios, ni de derramar sus bendiciones sobre todos los hombres mediante toda clase de beneficios en actos y en palabras, a imitación de su Padre. Luego es así que el alma puede pasar a un cuerpo superior: pero es imposible que pase a uno inferior. Hay una comunión entre las almas: las almas de los dioses entran en comunión con las de los hombres, las de los hombres en comunión con las de los seres sin razón. Los seres superiores cuidan de los seres inferiores, los dioses de los hombres, los hombres de los animales sin razón, Dios de todos: porque él es superior a todos y todos son inferiores a él. El cosmos está pues sometido a Dios, el hombre al cosmos, los seres sin razón al hombre: Dios, él, está por encima de todos los seres y vela sobre todos. Las energías son como los rayos de Dios, las fuerzas de la naturaleza como los rayos del cosmos, las artes y las ciencias como los rayos del hombre. Las energías actúan a través del cosmos y alcanzan al hombre por los canales físicos del mundo; las fuerzas de la naturaleza actúan por medio de los elementos, los hombres a través de las artes y las ciencias. Y tal es el gobierno del Todo, gobierno que depende de la naturaleza del Uno y que penetra por todas partes mediante el solo Intelecto. Nada hay en efecto más divino y más activo que el Intelecto, nada más apto para unir los hombres a los dioses y los dioses a los hombres. El Intelecto es el Espíritu del Bien ("Agatho Daimon"). Feliz el alma que ha sido colmada por completo con este Intelecto, infortunada la que está totalmente vacía de él. Porque el hombre es un viviente divino, que debe ser comparado no al resto de los vivientes terrestres, sino a los de lo alto, en el cielo, a los que se llama dioses. O antes bien, si hay que atreverse a decir la verdad, es por encima aún de esos dioses que está establecido el hombre realmente hombre o, al menos, hay completa igualdad de poder entre los unos y los otros. En efecto ninguno de los dioses celestes abandonará la frontera del cielo y descenderá sobre la tierra. El hombre, al contrario, se eleva incluso hasta el propio cielo, y lo mide, y sabe lo que en el cielo está en alto, lo que está abajo, y aprende todo el resto con exactitud, y, suprema maravilla, no tiene siquiera necesidad de abandonar la tierra para establecerse arriba ¡tan lejos se extiende su poder! Preciso es entonces atreverse a decirlo: el hombre terrestre es un dios mortal, el dios celeste un hombre inmortal. Es entonces por intermedio de esa pareja, cosmos y hombre, que todas las cosas existen, si bien todas han sido producidas por el Uno. Es la Eternidad la que mantiene unido todo ese cosmos, ya sea por medio de la necesidad, de la providencia, de la naturaleza, o de cualquier otra cosa que se pueda pensar hoy o más tarde. Y lo que produce por su actividad todo eso, es Dios, y la energía de Dios, fuerza a la que no se puede superar y a la cual no se pueden comparar ni las cosas humanas ni las cosas divinas. Las cosas de aquí abajo o de allá arriba no son semejante a Dios, en efecto nada hay semejante al Desemejante, Solo y Único. Dios no es inactivo, de lo contrario lo sería también todo el universo, por que todo está lleno de Dios. Pero, de hecho, no hay inactividad en parte alguna, ni en el cosmos, ni en cualquier otro ser que fuere. Inactividad es una palabra vacía, habida cuenta de aquél que crea y lo que viene a ser. Pues bien, es un hecho que todo viene a ser, y siempre, y según la influencia propia a cada lugar. Porque el que crea está en todos los seres, no permanece fijado en uno de entre ellos ni crea en uno de ellos solamente, sino que los crea a todos: pues, siendo una fuerza siempre actuante, él no posee su suficiencia de los seres creados, sino que son los seres creados los que están sometidos a él. Así la Eternidad es imagen de Dios, el cosmos imagen de la Eternidad, el sol imagen del cosmos, el hombre imagen del sol. En cuanto al cambio, se le llama muerte porque el cuerpo se disuelve mientras que la vida se disipa en lo invisible. Ahora bien los seres que se disuelven de este modo, y el cosmos testimonio que se transforman, por el hecho de que, cada día, una parte del cosmos va a lo invisible, pero de ninguna manera se disuelven. Y he aquí lo que son las pasiones del cosmos: rotaciones y desapariciones. Ahora bien la rotación es revolución, la desaparición renovación. Así el cosmos es omniforme, no que tenga las formas alojadas en él, sino que es en él mismo que él mismo se transforma. Entonces puesto que el cosmos ha sido hecho omniforme, ¿qué puede ser el que lo ha creado? ¡No digamos que es informe! Por otra parte, si es asimismo omniforme, será semejante al cosmos. Pero, ¿y si no tiene más que una única forma? Sería en este punto inferior al cosmos. ¿Qué decimos entonces que es, para no dejar el discurso sin salida? Porque no hay nada sin salida en nuestra concepción de Dios. Dios no tiene pues más que una figura, si hay alguna figura propia a Dios, que no sabría ofrecerse a los ojos del cuerpo, pues es incorpórea, aunque revela todas las formas por medio de los cuerpos. Juzgadlo asimismo de la manera siguiente, a partir de ti mismo. Ordena a tu alma irse a la India, y he aquí que, más veloz que tu orden, allí estará. Ordénale cruzar enseguida el océano, y he ahí que, de nuevo, allí estará inmediatamente, no por haber viajado de un lugar a otro, sino como si ya se encontrase allí. Ordénale incluso que se remonte al cielo, no tendrá necesidad de alas: Nada puede obstaculizarla, ni el fuego del sol, ni el éter, ni la revolución del cielo, ni los cuerpos de los demás astros, sino que ascenderá en su vuelo a través de todos los espacios hasta el último cuerpo. Y si todavía quisieras perforar la bóveda del universo mismo y contemplar lo que hay más allá (si es que existe algo más allá del cosmos), puedes. ¡Vean qué potencia, qué rapidez poseen! ¿Y si, tú, puedes todo eso, no lo podrá Dios? Es pues de esta manera que deben concebir a Dios: todo lo que es lo contiene en él mismo como pensamientos, el cosmos, él mismo, el Todo. Luego si no se vuelven igual a Dios, no puedes comprender a Dios: Pues lo semejante no es inteligible más que a lo semejante. Crezcan hasta alcanzar un tamaño sin medida, mediante un salto que los libere de todo cuerpo; elévense por encima del tiempo, conviértanse en Eón: Entonces comprenderán a Dios. Habiendo puesto en sus pensamientos que no hay nada imposible para ustedes, considérense inmortales y capaz de comprenderlo todo, todo arte, toda ciencia, el carácter de todo ser viviente. Asciendan más alto que toda altura, desciendan más bajo que toda profundidad. Reúnan en sí mismos las sensaciones de todo lo creado, del fuego y del agua, de lo seco y de lo húmedo, considerando que están a la vez en todas partes, sobre la tierra, en el mar, en el cielo, imaginen que aún no has nacido, que están en el vientre materno, que son adolescente, viejo, que están muerto, que están más allá de la muerte. Si abarcan con el pensamiento todas esas cosas a la vez, tiempos, lugares, substancias, cualidades, cantidades, pueden comprender a Dios. Todo lo demás, considérenlo siguiendo el mismo método, y no quedarán decepcionados. |
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