Caminos a Dios 

 

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¡No, no, mi hijo está conmigo!

Un hombre tenía un hijo. Por determinados motivos se vio obligado a viajar y tuvo que dejar a su hijo en casa. Unos bandoleros aprovecharon la ausencia del padre para entrar en la casa, robar, destrozarlo todo y llevarse al joven con ellos. Después incendiaron la casa. Al tiempo volvió el padre y se encontró la casa quemada. Buscó entre los restos y encontró unos huesos, que creyó que eran los de su hijo quemado. Introdujo los huesos en un saquito que ató a su cuello. Llevaba el de huesos junto a su pecho. Jamás se separaba del saquito, al que abrazaba con entrañable afecto, convencido de que aquéllos eran los restos del muchacho. Pero el hijo consiguió huir de los bandoleros y llegó hasta la puerta de la casa en la que viviera ahora su padre. Llamó a la puerta. El padre, abrazado a su saquito de huesos, preguntó:

-¿Quién es?

-Soy tu hijo -repuso el muchacho.

-No, no puedes ser mi hijo. Vete. Mi hijo ha muerto.

-No, padre, soy tu hijo. Conseguí escapar de los bandoleros.

El padre aprisionó aún más el saquito de huesos contra sí.

-He dicho que te vayas, ¿me oyes? Mi hijo está conmigo.

-Padre, escúchame: soy yo.

Pero el hombre seguía replicando:

-¡Vete, vete! Mi hijo murió y está conmigo.

Y no dejaba de abrazar el saquito de huesos. En su apego por lo irreal e ilusorio, el ser humano procede como ese padre, y se niega a ver la Realidad y la Sabiduría.

 

 

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