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La Rosa y el Sapo
Había una vez una rosa roja muy bella, se sentía de maravilla al saber que era la
rosa mas bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos.
Se dio cuenta de que al lado de ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era por
eso que nadie se acercaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto le ordena al
sapo que se fuera de inmediato; el sapo muy obediente dijo: Esta bien, si así lo quieres.
Poco tiempo después el sapo pasa por donde estaba la rosa y se sorprendió al ver la rosa
totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. Le dijo entonces:
Vaya que te ves mal. ¿Que te pasa?
La rosa contesta:
Es que desde que te fuiste las hormigas me
han comido día a día, y nunca pude volver a ser igual.
El sapo solo contesta
Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía
a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.
Moraleja:
Muchas veces despreciamos a los demás por
creer que somos más que ellos, más bellos o simplemente que no nos "sirven"
para nada. Dios no hace a nadie para que sobre en este mundo, todos tenemos algo que
aprender de los demás o algo que enseñar, y nadie debe despreciar a nadie. No vaya a ser
que esa persona nos haga un bien del cual ni siquiera estemos conscientes.

Belleza y Fealdad
Un día soleado, dos hermanas llamadas
Belleza y Fealdad decidieron salir juntas a pasear.
Al pasar junto al río, sintieron deseos de tomar un baño, bajo el fuerte sol de verano;
así que se despojaron de sus ropas y entraron lentamente a las aguas.
Juguetearon, salpicaron con sus saltos dentro del agua y rieron hasta ya
avanzada la tarde.
Al salir, se vistieron cometiendo una equivocación: Belleza se puso las ropas de Fealdad,
y Fealdad se vistió con las ropas de Belleza ...
Hoy en día la gente sigue confundiéndolas ...
"La verdadera Belleza o Fealdad de una persona, se observa en su corazón."

El muchacho, el mulo y el gato
Pasando
por un pueblo un Mulo llevaba atado un Gato, Al que un Chico, mostrando disimulo, Le asió
la cola por detrás del Mulo. Herido el Gato, al aparecer sensible, Pególe al Macho un
arañazo horrible; Y herido entonces el sensible Macho, Pegó una coz y derribó al
Muchacho.
Es el mundo, a mi ver, una cadena,
Do, rodando la bola,
El mal que hacemos en cabeza ajena
Refluye en nuestro mal, por Carambola.

Los ratones
y el león
Unos
ratoncitos, jugando sin cuidado en un prado, despertaron a un león que dormía
plácidamente al pie de un árbol. La fiera, levantándose de pronto, atrapó entre sus
garras al más atrevido de la pandilla.
El ratoncillo, preso de terror, prometió al león que si le perdonaba
la vida la emplearía en servirlo; y aunque esta promesa lo hizo reír, el león terminó
por soltarlo.
Tiempo después, la fiera cayó en las redes que un cazador le había
tendido y como, a pesar de su fuerza, no podía librarse, atronó la selva con sus
furiosos rugidos.
El ratoncillo, al oírlo, acudió presuroso y rompió las redes con
sus afilados dientes. De esta manera el pequeño ex-prisionero cumplió su promesa, y
salvó la vida del rey de los animales.
El león meditó seriamente en el favor que acababa de recibir y
prometió ser en adelante más generoso.
En los cambios de
fortuna, los poderosos
necesitan la ayuda de los débiles.

El hombre y la culebra
Un hombre,
pasando por un monte, encontró una culebra que ciertos pastores habían atado al tronco
de un árbol, y, compadeciéndose de ella, la soltó y calentó.
Recobrada su fuerza y libertad, la culebra se volvió contra el hombre
y se enroscó fuertemente en su cuello.
El hombre, sorprendido, le dijo:
- ¿Qué haces? ¿Por qué me pagas tan mal?
Y ella respondió:
- No hago sino obedecer las leyes de mi instinto.
Entretanto pasó una raposa, a la que los litigantes eligieron por
juez de la contienda.
- Mal podría juzgar - exclamó la zorra -, lo que mis ojos no vieron
desde el comienzo. Hay que reconstruir los hechos.
Entonces el hombre ató a la serpiente, y la zorra, después de
comprobar lo sucedido, pronunció su fallo.
- Ahora tú - dirigiéndose al hombre, le dijo -: no te dejes llevar
por corazonadas, y tú - añadió, dirigiéndose a la serpiente -, si puedes escapar,
vete.
Atajar al
principio el mal, procura;
si llega a echar raíz, tarde se cura.

La gallina
y el diamante
Una
gallina, al hurgar con sus patas entre la basura, encontró una piedra preciosa.
Sorprendida de verla en aquel lugar inmundo, le dijo: - ¿Cómo
tú, la más codiciada de las riquezas, estás así humillada entre la basura? Otra suerte
habría sido la tuya si la mano de un joyero te hubiera encontrado en este sitio, sin duda
indigno de ti. El joyero, con su habilidad y su arte, hubiera dado mayor esplendor a tu
brillo; en cambio yo, incapaz de hacerlo, no puedo remediar tu triste suerte. Te dejo
donde estás, porque de nada me sirves.
La ciencia
y la sabiduría nada valen para los necios y los ignorantes.

La serpiente y la lima
En casa de un cerrajero entró la Serpiente un día, y la insensata
mordía en una Lima de acero.
Díjole la Lima: - El mal, necia, será
para ti: ¿Cómo has de hacer mella en mí, que hago polvos el metal?
Quien pretende
sin razón al más fuerte derribar, no consigue sino dar coces contra el
aguijón.

La cabra
y el asno
Un
campesino alimentaba al mismo tiempo a una cabra y a un asno. La cabra, envidiosa porque
su compañero estaba mejor atendido, le dio el siguiente consejo:
- La noria
y la carga hacen de tu vida un tormento interminable; simula una enfermedad y déjate caer
en un foso, pues así te dejarán reposar.
El asno,
poniendo en práctica el consejo, se dejó caer y se hirió todo el cuerpo. El amo llamó
entonces a un veterinario y le pidió un remedio que salvase el jumento.
El
curandero, después de examinar al enfermo, dispuso que se le diera de comer un pulmón de
cabra para devolverle las fuerzas.
Y sin
titubear, el labriego sacrificó de inmediato a la envidiosa cabra para curar a su asno.
No hagas a otros
lo que no quieres que hagan contigo.
La lechuza y las palomas
Una lechuza se
enteró de que en cierto palomar vivían muy bien alimentadas unas palomas. Se pintó de
blanco para disfrazarse y se mezcló con ellas.
Las palomas no reconocieron a la intrusa,
mientras estuvo sin abrir el pico; pero un día que olvidó cuál era su papel, chilló
como lechuza que era y las palomas la echaron a picotazos del palomar.
Desconcertada, regresó a la torre de
la iglesia donde vivía, pero sus compañeras no la conocieron por aquel plumaje extraño,
y la echaron de su lado. Así la pobre lechuza perdió hasta su propio refugio.
Quien su bien
usurpa al dueño,
no espere tranquilo sueño.

El buey
y el perro
Un labriego tenía un enorme perro como guardián de sus extensos
cultivos. El animal era tan bravo que jamás ladrón alguno se atrevió a escalar la cerca
de los sembrados.
El amo, cuidadoso de su can, lo alimentaba
lo mejor que podía, y el perro, para mostrar su agradecimiento, redoblaba el cuidado de
los campos.
Cierto día, el buey del establo quiso
probar un bocado de la alfalfa que su amo le guardaba, pero el perro, poniéndose furioso
y enseñándole los dientes, trató de ahuyentarlo.
El buey, reprochando su equivocada
conducta, le dijo:
- Eres un tonto, perro envidioso. Ni
comes ni dejas comer.
Y añadió: - Si el amo destina a cada cual
lo que le aprovecha y la alfalfa es mi alimento, no veo que tengas razón para inmiscuirte
en negocio ajeno.
Agua que no has
de beber, amigo, déjala correr.

El perro y su imagen
Cierto perro cogió entre sus dientes un gran pedazo de carne.
"'¡Qué magnífico!", se dijo el incauto animal. "Lo llevaré a casa y
allí lo comeré a mi regalado gusto".
En el camino cruzó un arroyuelo, cuyas cristalinas
aguas reflejaron su imagen, y le hicieron ver ingenuamente a otro perro con una presa más
grande en el hocico.
Como el animal tenía hambre, abrió la
boca y se zambulló en el agua para coger el pedazo de carne del otro perro. Mas, ¡oh
desencanto!, se sumergió hasta el fondo y no encontró a su rival.
Entonces se dio cuenta, aunque tarde, de
que su gula le había costado la pérdida de su propia presa.
A veces,
para perseguir una ilusión sin fundamento, descuidamos lo que ya tenemos y acabamos
quedándonos sin nada. Como dice el refrán: Más vale pájaro en mano que ciento volando.

La paloma y la abeja
Cierto día muy caluroso, una paloma se detuvo a descansar sobre la
rama de un árbol, al lado del cual discurría un límpido arroyuelo.
De repente, una abejita se acercó a beber,
pero la pobrecita estuvo a punto de perecer arrastrada por la corriente. Al verla en tal
aprieto la paloma, voló hacia ella y la sacó con el pico.
Más tarde, un cazador divisó a la paloma
y se dispuso a darle muerte. En aquel mismo instante acudió presurosa la abeja y, para
salvar a su bienhechora, clavó su aguijón en la mano del hombre.
El dolor hizo que el cazador sacudiese el
brazo y fallara el tiro, con lo que se salvó la linda y blanca palomita.
Haz a los otros
lo que quisieras que ellos también hiciesen por ti.

La zorra y el gallo
Quería una
zorra desayunarse con la pechuga de un gallo que lucía su corpulencia cantando en un
árbol.
- Querido
gallo, tengo una gran noticia que darte - le dijo la zorra.
- Amiga,
¿qué fresca noticia me traes? - Preguntó el gallo.
- Pues que
las zorras han firmado la paz con las aves de corral. Por lo tanto, ya no estamos en
guerra. Baja presto, amigo, para darte un fuerte abrazo y celebrar así nuestra amistad.
- Debe ser
cierto lo que me cuentas - contestó el gallo -, pues por allá veo dos perros venir a
toda carrera, tal vez a darte la misma noticia. Al oír esto la
zorra, no digo corrió, sino voló, con el rabo entre las piernas a ocultarse, mientras el
gallo le cantaba desde el árbol su burlón ¡Quiquiriquí!, ¡Cocorocó!, Que quiere
decir: de aquí no me muevo yo.
Quien no te conozca que te compre.

El pavo real y la grulla
Un pavo real convidó a una grulla a un festín suculento. Durante el
banquete se puso a discutir con los comensales acerca de cuál de los dos poseía mejores
dones personales.
Abriendo el pavo real su cola, decía que
aquel abanico de finísimas plumas no tenía en el mundo otra cosa que le igualara en
perfección y hermosura.
- Ciertamente - respondió la grulla -,
confieso que eres más hermoso que yo, pero si tus plumas son más vistosas que las mías,
en cambio no te sirven para volar.
- Yo, con mis alas - prosiguió la grulla.
Puedo elevarme hasta las nubes, contemplando bajo mis pies todas las maravillas de la
tierra.
Nadie tenga en
menos a su vecino, que Dios a cada uno da su cualidad.
Los dos ratoncitos
Un ratón
de la ciudad invitó a merendar a otro compañero que habitaba en el campo, y hallándose
juntos en la bien provista despensa de un palacio, dijo el ratón de casa al campesino:
- Amigo
mío, come lo que gustes y sin cuidado, que las provisiones son variadas y abundantes.
Ya habían
comenzado a saborear las mejores viandas, cuando de repente y con gran estrépito, el
cocinero abrió la despensa. Los ratones, asustados, escaparon cada uno por su lado. Al marcharse el cocinero, salieron de
nuevo los comensales, y el campesino, tomando la palabra, preguntó al ciudadano:
- ¿Es
aquí frecuente el peligro?...
- Sí,
contestó el otro, esto sucede muy a menudo, y por lo mismo no debes tener cuidado.
- ¡Ah! -
repuso el campesino -. ¡Con que esto acontece todos los días! Es cierto que vives en la
opulencia, pero con todo, prefiero mi pobreza del campo a la zozobra en que habitas.
Bien está Pedro
en Roma, aunque no coma.

El asno
y el cochino
Envidiando la
suerte del cochino, un asno maldecía su destino Yo decía, trabajo y
como paja; El come harina y
berza, y no trabaja. A mí me dan palos cada día; A él le rascan halagan
a porfía Así se lamentaba
de su suerte; Pero luego que advierte Que a la
pocilga alguna gente avanza En guisa de matanza, Armada de cuchillo y de caldera, Y
que con saña fiera Dan al gordo cochino fin sangriento
Dijo entre sí el jumento: Si
en eso paran el ocio y los regalos Al trabajo me atengo
y a los palos.

Los dos amigos y el oso
A dos amigos se aparece un
oso: El uno muy medroso En las ramas de
un árbol se asegura. El otro, abandonado a la aventura,
Se finge muerto repentinamente. El oso se le acerca lentamente; Mas
como este animal, según se cuenta, De cadáveres nunca se alimenta, Sin ofenderlo lo
registra y toca; Huélele las narices y la boca; No le siente el aliento, Ni el
menor movimiento; Y así se fue diciendo sin recelo:
Este tan muerto está como mi abuelo. Entonces el cobarde, De su gran
amistad haciendo alarde, Del árbol se desprende muy
ligero. Corre, llega y abraza al compañero: Pondera la fortuna de haberle hallado sin lesión alguna Y al fin le dice: Sepas que he notado Que el oso te decía algún recado. ¿Qué pudo ser? Te diré lo que ha sido: Aparta tu amistad de la persona
Que si te ve en riesgo te abandona

Los huevos de oro
Cierta gallina ponía un huevo
de oro por día Y el dueño dijo: Aquí hay mina; Si
yo mato esta gallina Soy de un golpe millonario. ¿Qué vale un huevo diario? La
mató, no halló tesoro, Y allí paró el huevo de oro.
Con lo cual supo el bellaco Que
lo bastante es bastante Y que ansiando lo sobrante.
La codicia rompe el saco.

Los perros de Licurgo
Una vez apareció en la plaza de Esparta, durante una reunión
pública el legislador que había escrito la Constitución de aquel pueblo. Iba
seguido de unos criados que llevaban dos perros atados a una liebre mansa; llegado al
medio de la concurrencia, sin decir palabra, soltó la liebre, y uno de los perros, contra
la expectación de todos se puso a juguetear cariñosamente con el tímido animal de
largas orejas.
Admiraban los espartanos, extrañados, del espectáculo, cuando
Licurgo ordenó que fuera soltado el otro perro; apenas éste se vio libre, aullando se
precipitó sobre la liebre, que orejas tendidas empezó a correr por el espacio en se lo
permitía la apiñada muchedumbre, hasta que, rodando jadeante cayó en poder de su
encarnizado adversario, que la deshizo en un momento. El pueblo contemplaba con lástima
aquel espectáculo, los restos de la liebre infeliz, las manchas de sangre, la tristeza
del primer perro por el fin de su amiga, cuando el legislador tomando la palabra dijo:
Ciudadanos, salud y libertad. He querido presentaros esta tarde el ejemplo
palpable de lo que vale la educación. Al primer perro le enseñé desde chico a estar con
las liebres sin hacerles daño, y al segundo le dejé abandonado a su bárbaro instinto
natural, que aún acrecenté con la educación, amaestrándolo a perseguir las liebres
dondequiera que las encontraba.
Ahí tenéis lo que es el hombre y lo que pueden ser vuestros hijos,
según la educación que les déis. Abandonadlos a sí mismos, no les habléis de Dios,
de obligaciones ni de moral, y crecerán en los vicios más degradantes, y un día,
cuando tengan fuerzas y libertad, se lanzarán contra las instituciones y los gobiernos, y
contra sus pacíficos concuidadanos, y convertirán la república en un lago de sangre.
Pero educadlos en el bien, en la piedad y en la
disciplina; infundidles respeto religioso al prójimo, a las
leyes, a la justicia de Dios, y tendréis un pueblo feliz en medio de la grandeza, gloria
y corona de la humanidad.

Los 1000 espejos
Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano
pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol,
logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa.
El perrito subió lentamente las viejas escaleras
de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta entre abierta;
lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese
cuarto había 1000 perritos más observándolo tan fijamente como él los observaba a
ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los 1000
perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos.
El perrito se quedó sorprendido al ver que los 1000 perritos también le sonreían y
ladraban alegremente con él! Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para
sí mismo: Qué lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo!
Tiempo después, otro perrito callejero entró al
mismo sitio y se encontró entrando al mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, este
perrito al ver a los otros 1000 perritos del cuarto se sintió amenazado ya que lo estaban
viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezó a gruñir; vio como los 1000
perritos le gruñían a el. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le
ladraron también a él. Cuando este perrito salió del cuarto pensó: "Qué lugar
tan horrible es este! Nunca más volveré a entrar allí!" En el frente de dicha casa
se encontraba un viejo letrero que decía:"La Casa de los 1000 Espejos"
Lo que hay dentro de nosotros, eso es lo que
reflejamos.

La rana y los gansos
Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del
clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el
problema era que la rana no sabía volar. "Déjenmelo a mí -dijo la rana-. Tengo un
cerebro espléndido". Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña
fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por
la boca.
A su debido tiempo, los gansos y la rana
comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña ciudad, y
los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien
preguntó: "¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?" Esto hizo que la rana
se sintiera tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: "¡A
MI!" . Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se
soltó de la caña, cayó al vacío, y murió.

A un panal de rica miel dos mil moscas
acudieron, que por golosas murieron presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel enterró su golosina.
Así, si bien se examina, los humanos
corazones perecen en las prisiones del vicio que los domina.

Apacentando un joven su ganado, gritó desde la
cima de un collado: "¡Favor! que viene un lobo, labradores"
Estos, abandonando sus labores, acuden prontamente
y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a llamar, y temen la desgracia; segunda vez los
burla. ¡Linda gracia! Pero, ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera. Entonces el pastorcito se desgañita, y por más que
patea, llora y grita,
no se mueve la gente escarmentada y el lobo le devora la manada.
¡Cuantas veces resulta de un engaño, contra el engañador el mayor daño!

El cuervo y el zorro
En la rama de un árbol, bien ufano y
contento, con un queso en el pico, estaba el señor Cuervo. Del olor
atraído, un Zorro muy maestro le dijo estas palabras un poco más o
menos:
"¡Tenga usted buenos días, señor Cuervo,
mi dueño! ¡Vaya que estáis donoso, mono, lindo en extremo! Yo no gasto
lisonjas, y digo lo que siento; que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo, juro a la diosa Ceres, siendo testigo el cielo, que tú serás
el Fénix de sus vastos imperios".
Al oír un discurso tan dulce y
halagüeño, de vanidad llevado,
quiso cantar el Cuervo. Abrió su negro pico, dejó caer el queso. El muy astuto
Zorro, después de haberle preso,
le dijo:
"Señor bobo, pues sin otro
alimento, quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto, digerid las lisonjas mientras yo digiero el queso"
Quien oye aduladores, nunca espere otro premio.

El lobo y
el perro
En busca de alimento iba un Lobo muy flaco y muy hambriento. Se encontró con un Perro tan relleno,tan lucio, sano y bueno,que le dijo: "Yo
extraño que estés de tan buen año como se deja ver por tu semblante, cuando a mí,
más pujante, más osado y sagaz, mi triste suerte me tiene hecho
retrato de la muerte".
El Perro respondió: "Sin duda alguna lograrás, si
tú quieres, mi fortuna. Deja el bosque y el prado; retírate a poblado; servirás de
portero a un rico caballero, sin otro afán ni más ocupaciones que defender la
casa de ladrones".
"Acepto desde luego tu partido, que para mucho
más estoy curtido. Así me libraré de la fatiga,
a que el hambre me obliga de andar por
montes sendereando peñas, trepando riscos y rompiendo breñas, sufriendo de
los tiempos los rigores, lluvias, nieves, escarchas y calores".
A paso diligente
marchando juntos amigablemente, varios puntos
tratando en confianza, pertenecientes a llenar la panza. En esto el
Lobo, por algún recelo, que comenzó a turbarle su consuelo, mirando al
Perro, le dijo: "He reparado
que tienes el pescuezo algo pelado. Dime: ¿Qué es eso?"
"Dímelo, por tu vida, camarada". "No es
más que la señal de la cadena; pero no me da pena, pues aunque por
inquieto
a élla estoy sujeto, me sueltan cuando comen mis señores,
recíbenme a sus pies con mil amores: ya me tiran el pan, ya la tajada, y todo aquello
que les desagrada; éste lo mal asado,
aquél un hueso poco descarnado; y aun un glotón, que todo se lo traga, a lo menos me
halaga, pasándome la mano por el lomo; yo meneo la
cola, callo y como".
"Todo eso es bueno, yo te lo confieso; pero por fin y
postre tú estás preso: jamás sales de casa, ni puedes ver lo que en el pueblo pasa". "Es
así" "Pues, amigo, la amada libertad que yo consigo no he de
trocarla de manera alguna por tu abundante y próspera fortuna. Marcha, marcha
a vivir encarcelado; no serás envidiado de quien pasea el campo libremente, aunque tú
comas tan glotonamente pan, tajadas, y huesos; porque al cabo, no hay bocado
en sazón para un esclavo".

Un Burro cojo vió que le seguía un Lobo
cazador, y, no pudiendo huir de su enemigo, le decía: "Amigo Lobo, yo me
estoy muriendo; me acaban por instantes los dolores
de este maldito pie de que cojeo. Si yo me valiese de herradores, no me vería
así como me veo. Y pues fallezco, sé caritativo: sácame con los dientes este
clavo. Muera yo sin dolor tan excesivo, y cómeme después de cabo a
rabo"
"¡Oh!, -dijo el cazador con
ironía, contando con la presa ya en la mano- ¡No solamente sé la
anatomía, sino que soy perfecto cirujano! El caso es para mí una
patarata: La operación, no es más que de un momento. ¡Alargue bien la
pata, y no se acobarde, buen jumento!" Con su estuche molar
desenvainado, el nuevo profesor llega doliente; mas éste le dispara de
contado una coz que le deja sin un diente. Escapa el cojo; pero el triste herido llorando
se quedó su desventura.
"¡Ay,
infeliz de mí! ¡Bien merecido el pago tengo de mi gran locura! ¡Yo siempre me
llevé el mejor bocado en mi oficio de Lobo carnicero! Pues si pude vivir tan
regalado, ¡a qué meterme ahora a curandero?" Hablemos con razón no tiene
juicio quien deja el propio por ajeno oficio.

El león y la zorra
Un León fingía que estaba enfermo: con este engaño hacía venir a su
cueva a todos los animales, y cuando los tenía allí los mataba.
Llegó tambien la zorra, pero, no fiándose dijo desde fuera al león que
sentía mucho su enfermedad. El león , viendo que no entraba, dijo:
¿porqué no entras? ¿recelas por ventura de mí, cuanto estoy
tan débil que aunque quisiera no me sería posible hacerte daño? Entra,
pues, como los demás.
Esto es, respondió la zorra, lo que me infunde recelo, que veo
aquí seguramente las huellas de que han entrado, pero no veo las de haber salido.
No se debe fiar ciegamente en lo que nos dicen; se debe juzgar de las
palabras, según sean las obras de la persona que las pronuncia.

Cierto hombre ávaro vendió cuanto poseía y convirtió su precio en oro,
el cual enterró en un lugar oculto; y teniendo todo su ánimo y su pensamiento puesto
puesto en el tesoro, iba diariamente a visitarlo, lo que observado por otro hombre fue a
aquel sitio, desenterró el oro y se lo llevó.
Cuando el ávaro vino según costumbre a visitar su tesoro, vió desenvuelta
la tierra, y que lo habían robado, se puso a llorar y a arrancarse los cabellos. Uno que
pasaba viendo los extremos que hacía aquel hombre, se llegó a él, y después de
informarse de la causa de su dolor, le dijo:
¿Por qué te entristeces tanto por haber perdído un oro que
tenías como si no lo poseyeras? Toma una piedra y entiérrala, figurandote que es oro,
una vez que tanto te servirá ella como te servía ese oro que nunca hacías uso.
Esta fábula enseña que de nada sirve poseer una cosa, si no se disfruta.

Encontrandose dos libros en una biblioteca que se iba ha
abrir proximamente, decía el uno al otro:
- No se como han consentido tu presencia en este lugar, puesto que a
diferencia mía eres muy feo. Tu encuadernación no está adornada con oro como la mía,
tampoco está hecha de cuero y además no tienes ningún dibujo bello presentandote como
portada.
- Al oir estas palabras quedó el segundo libro muy apenado.
Se abrió por fin la biblioteca y el libro feo vió como era el predilecto
entre el resto de ellos. Dijo entonces al libro presumido:
- Bien es cierto que eres más bonito que yo,sin embargo, yo soy más leido
pues mis páginas contienen más esencia que las tuyas.
No todo lo que reluce por fuera, reluce también por dentro.

El gusanito
Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol.
Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes.
Hacia dónde te diriges? le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó:
Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el
valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.
Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se
alejaba; ¡debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel
lugar?, ¡Tu una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y
cualquier tronco una barrera infranqueable.
Pero el gusanito ya estaba lejos y no
lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse.
De pronto se oyó la voz de un escarabajo:
¿Hacia dónde te diriges con tanto
empeño? Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: Tuve un sueño y deseo
realizarlo, subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo. El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la
carcajada y luego dijo: Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan
ambicioso y se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su
camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.
Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor le
aconsejaron a nuestro amigo a desistir, ¡No lo lograrás jamás! Le dijeron, pero en su
interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a
punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar
donde pernoctar. "Estaré mejor", fue lo último que dijo y murió.
Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí
estaba el animal más loco del pueblo, había construido como su tumba un monumento a la
insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño
irrealizable.
Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial,
todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una
advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura
comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de
la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del
impacto, fueron
saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a
ellos: una mariposa, no hubo nada que decir, todos sabían lo que pasaría, se iría
volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño, el sueño por el que había
vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir, todos se había
equivocado.
Dios nos ha
creado para realizar un sueño, vivamos por el, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en
ello y si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y
experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces, con otro aspecto, con otras
posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.
EL ÉXITO EN LA VIDA NO SE MIDE POR LO QUE HAS LOGRADO, SINO
POR LOS OBSTÁCULOS QUE HAS TENIDO QUE ENFRENTAR EN EL CAMINO.

La hormiguita
y el lirio
Había
una vez una hormiguita, esta hormiguita era como toda buena hormiga, trabajadora y
servicial. Se la pasaba acarreando hojitas de día y de noche: casi no tenía tiempo para
descansar. Y así transcurría su vida, trabajando y trabajando.
Un día
fue a buscar comida a un estanque que estaba un poco lejos de su casa, y para su sorpresa
al llegar al estanque vio como un botón de lirio se abría y de él surgía una hermosa y
delicada florecilla.
Se
acercó: -¡Hola! ¿sabes? eres muy bonito, ¿qué eres?
-Y la
florcita contestó: Soy un lirio, Gracias, ¿sabes? eres muy simpático, ¿qué eres?
-Soy
una hormiga, Gracias también.
Y así
la hormiguita y el lirio siguieron conversando todo el día, haciéndose grandes amigos,
cuando iba anochecer la hormiga regresó a su casa, no sin antes de prometer al lirio que
volvería al día siguiente.
Mientras
iba caminando a casa, la hormiga descubrió que admiraba a su nuevo amigo, que lo quería
muchísimo y se dijo, "Mañana le diré que me encanta su forma de ser,
mañana".
Y el
lirio al quedarse solo se dijo, "Me gusta la amistad de la hormiga, mañana cuando
venga se lo diré".
Pero al
día siguiente la hormiguita se dio cuenta de que no había trabajado nada el día
anterior. Así que decidió quedarse a trabajar y se dijo, "Mañana iré con el
lirio. hoy no puedo, estoy demasiado ocupado, mañana y le diré además, que le
extraño".
Al día
siguiente amaneció lloviendo, y la hormiga no pudo salir de su casa y se dijo, -que mala
suerte hoy tampoco veré al lirio. Bueno no importa mañana le diré todo lo
especial que es para mí" Y al tercer día la hormiguita se despertó muy
temprano y se fue al estanque, pero al llegar encontró al lirio en el suelo, ya sin vida.
La
lluvia y el viento habían destrozado su tallo. Entonces la hormiga pensó, que tonta fui,
desperdicié demasiado tiempo, mi amigo se fue sin saber todo lo que lo quería, en verdad
me arrepiento.
Y así
fue como ambos nunca supieron lo importante que eran. No esperes el final de tu vida para
arrepentirte.
No
esperes el mañana para soñar, y por ningún motivo dejes de decirle a una persona
que le amas.

El hombre, el caballo y el perro
Un hombre,
su caballo y su perro caminaban por una calle. El hombre quería mucho a sus dos animales,
que en alguna ocasión incluso le habían salvado la vida. Pero esta vez, derrepente y en
un momento dado, el hombre se dio cuenta de que, tanto él como su caballo y su perro,
habían muerto atropellados (a veces cuesta algo de trabajo comprender que se ha
abandonado definitivamente la vida).
Siguieron caminando. Mucho tiempo. El recorrido era largo, ascendiendo lentamente cuesta
arriba; bajo un fuerte solajero. Cada vez más cansados, sudorosos y con una sed que
comenzaba a ser abrasadora. Aunque habían muerto, descubrieron que necesitaban
desesperadamente un poco de agua.
En una curva del camino, al pie de una gran montaña, se toparon con una explanada de
losetas doradas que terminaba en una impresionante puerta de hierro forjado, con dinteles
de mármol, tras la que se vislumbraba una plazoleta con un suelo que brillaba como el
fuego. Un acueducto lleno de agua la atravesaba. El caminante se dirigió inmediatamente
al guardián que, dentro de una lujosa caseta, se encontraba a la entrada.
- Buenos
días, le dijo.
- Buenos días, respondió el guardián con solemnidad, desde debajo de su gorra.
- ¿Qué lugar es éste, tan hermoso? preguntó el hombre.
- Este es el Cielo, fue la escueta respuesta.
- ¡Qué suerte, hemos llegado al Cielo! Por favor, déjenos pasar, estamos cansados y
sedientos, dijo el hombre.
- Bien, puede usted entrar y beber toda el agua que quiera, pero solo, le contestó el
guardián, indicándole el camino con un gesto de su cabeza.
El hombre
miró con ansia el agua cantarina, pero volvió la vista hacia su caballo y su perro, que
le miraban implorantes, jadeando y con sus lenguas asomando entre los dientes.
- Mi
caballo y mi perro están tan sedientos como yo, dijo en un susurro el hombre.
- Lo lamento mucho, le comentó cortésmente el guardián, pero aquí no se permite bajo
ningún concepto la entrada a los animales. Usted tampoco podrá volver a salir una vez
que entre en el Cielo, añadió.
- Pero ellos me han acompañado siempre, incluso han arriesgado su vida por salvar la
mía, le replicó el hombre con angustia.
El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente y con firmeza. El hombre se
quedó quieto, desilusionado y con su reseca lengua clavada como una estaca entre sus
labios. Sin embargo, decidió no beber si sus amigos no podían hacerlo. "Iré a ver
si puedo encontrar dónde darles de beber, y luego pensaré cómo pedirle a Dios que los
deje entrar conmigo", pensó.
Así que
prosiguió su camino. Después de continuar ascendiendo por estrechas veredas, monte
arriba, cada vez más sedientos y agotados, llegaron los tres a un jardín que rodeaba una
vieja puerta de madera entreabierta. La puerta se asomaba a un amplio camino de tierra,
con árboles frondosos a sus costados que ofrecían una acogedora sombra recorrida por la
brisa. Bajo el tercero de ellos estaba un anciano jardinero de barba blanca, recostado en
el suelo y con la espalda sobre el tronco. Parecía adormilado, con la cabeza cubierta por
un amplio sombrero de paja que le cubría el rostro. El caminante se aproximó.
- Buenos
días, señor, le dijo.
- Buenos días, joven, respondió afablemente el anciano.
- Estamos a punto de morir de nuevo mi caballo, mi perro y yo, esta vez de sed. ¿Hay
algún lugar donde podamos beber los tres, aunque sea un momento, por favor?, preguntó el
hombre con esfuerzo, sin poder casi articular las palabras por la falta de saliva.
- Detrás de aquellos arbustos hay un manantial de agua fresca, contestó el anciano.
Pueden pasar y beber lo que les apetezca.
Nada más
oirlo, el hombre, el caballo y el perro saltaron como flechas. Corrieron hasta el
manantial, arrojándose literalmente dentro y bebiendo con ansia hasta calmar la sed y
refrescarse. Al volver hasta donde estaba el anciano, el hombre le dió efusivamente las
gracias.
- Pueden volver cuando quieran, fue la respuesta.
- A propósito - dijo el caminante - ¿cual es el nombre de este lugar?
- Están en el Cielo, contestó el anciano con una amplia sonrisa.
- ¡Pero no es posible, exclamó el hombre sin comprender nada, el guardián que estaba al
pie de la montaña, junto al gran portal de mármol, nos dijo que el Cielo estaba allí!
- No, no, aquello no es el Cielo, ¡es el infierno!.
El caminante se quedó tartamudeando del asombro.
- !!!Pero, pero, pero entonces... esto es, es terrible... ese guardián mentiroso del
infierno va a engañar a mucha gente!!!
- De ninguna manera, respondió el anciano. La verdad es que nos hace un favor, porque
consigue que se queden allí aquellos que son capaces de abandonar, a las primeras de
cambio, a sus mejores amigos.
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