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EL LIBRO DE TOMÁS Palabras confidenciales dichas por el Salvador a Tomás Judas y que yo, Mateo, he puesto por escrito; deambulaba por allí cuando les oí hablar. 1. El Salvador dijo: «Hermano Tomás, mientras e tengas tiempo en este mundo, escúchame y te revelaré las cosas que has meditado en tu pensamiento. 2. «Puesto que se ha dicho que eres mi hermano gemelo y mi fiel compañero, analízate a ti mismo para comprender quién eres, cómo existes y en qué te convertirás. Pues si dicho está que eres mi hermano, conviene que no te ignores a ti mismo. Sé que has comprendido, porque ya sabes que yo soy conocimiento de la verdad. Así, mientras estés conmigo, aunque no hayas comprendido todo, has comenzado ya a saber, y serás llamado el que se conoce a sí mismo. Pues quien no se conoce a sí mismo nada ha aprendido, y sólo quien se conoce a sí mismo aprende también, al mismo tiempo, el conocimiento del Todo. Por eso, Tomás, hermano mío, has visto ya lo que para los hombres resulta oscuro, es decir, todo aquello, que, por su ignorancia, les hace tropezar». 3. Y Tomás dijo entonces al Señor: «Por eso, yo te ruego, Señor, que antes de tu ascensión me respondas a lo que te pregunte. Y cuando haya oído lo que me digas sobre lo oculto, entonces podré hablar. Pues me parece desde luego difícil testimoniar ante los hombres la verdad». 4. Y el Salvador le respondió: «Si las cosas que para ti son visibles te parecen oscuras, ¿cómo podrás oír de mí las que no son visibles? Si difícil te resulta testimoniar hechos reales visibles en el mundo, ¿cómo podrás, en efecto, testimoniar sobre aquellos que se refieren a las más elevadas alturas y al Pleroma, cuando no son visibles? ¿Cómo, pues, llamaros artesanos? Pues en este sentido, aprendices sois, pues que todavía no habéis recibido la cima de la perfección. 6. Y Tomás dijo: «Por eso te digo, Señor, que quienes hablan de cosas invisibles y difíciles de explicar son semejantes a quienes tiran can arco sobre un blanco en la noche. Ciertamente, disparan sus flechas como cualquier otro podría hacerlo, puesto que apuntan al blanco, pero el blanco no es visible. ¡Pero cuando la luz vuelve y rechaza las tinieblas, la obra de cada cual aparece. Y entonces, Tú, nuestra luz, nos iluminas, Señor! » Y Jesús respondió: «La luz está en la Luz». 7. Tomás habló y dijo: «¿Por qué, Señor, aparece y se extiende esta luz visible que luce para los hombres? Y el Salvador le contestó: «Cierto es, oh bienaventurado Tomás, que esta luz visible de Él ha lucido para vosotros - y no porque te quedes aquí, sino porque sigues -, pero cuando todos los elegidos hayan abandonado el estado animal, esta luz regresará a su esencia y su esencia la recibirá en ella misma, pues es un buen servidor». 8. Y el Señor continuó: «Oh, incomparable amor de la luz. Oh, tristeza del fuego que quema en el cuerpo de los hombres consumiéndolos no che y día, y quemando sus riñones, embriagando su corazón y turbando su alma, luz que (enlaza) a hombres y mujeres, día y noche, luz que les agita de [...] secreta y abiertamente. Porque dicho está, de varones [...] y mujeres [...], que quienquiera que busque la verdad en la verdadera sabiduría se hará alas para huir del ataque de la voluptuosidad, que despedaza el espíritu de los hombres. Y él mismo se hará alas para huir de todo espíritu visible». 10. Y Tomás contestó diciendo: «Todo eso es evidente, y ha sido ya dicho [...] a quienes no saben que traicionarán su alma.» Y el Salvador le contestó diciendo: «Bendito sea el hombre sabio que (ha buscado la verdad) ~ y que, cuando la ha hallado, descansa en sí mismo para siempre sin temor a quienes querrían distraerle de ella». 11. Tomás contestó: «Acaso es bueno para nosotros, Señor, replegarnos en nosotros mismos? El Señor dijo: «Sí, es útil. Y es bueno para vosotros, pues las cosas que para los hombres son visibles se descompondrán, la nave de su carne se descompondrá. «Por lo demás, los que son capaces de ver cosas no visibles, si no sienten el amor primero, se extraviarán en la preocupación por esta vida y el fuego les deshará. Pues lo que es visible no tarda en descomponerse; después, se alzan sombras informes, sombras que errarán ya para siempre sobre los cadáveres y entre las tumbas, en el dolor y en la corrupción del alma. 12. Tomás le contestó: «¿Qué se puede decir frente a esto? ¿Qué decir a los ciegos? ¿Qué enseñar a esos miserables mortales que dicen: Estamos aquí para gozar de lo bueno y no para sufrir? A esos mortales convencidos de que puede afirmar: Si no hubiéramos sido concebidos de carne, no hubiéramos conocido [...]» Y el Salvador dijo: «Verdaderamente, no considero a éstos como hombres, sino como bestias. Pues de la misma manera que las bestias se devoran entre sí, así también los hombres de esta clase se devoran entre ellos. Mas como aman la dulzura del fuego, se verán en cambio frustrados del reino: son los servidores de la muerte y se arrojan sobre las obras de corrupción, sacian los deseos de su padres. Y serán precipitados al abismo, y sufrirán los tormentos de amargura de su vil naturaleza. Serán, sí, torturados hasta el punto de que se arrojarán, con la cabeza baja, al lugar que desconocían, y (...] pero en la desesperación. Hay quienes se complacen en este desorden sin concebir [...] que son sensatos (...] la belleza de sus cuerpos, como si fueran imperecederos. Enfermos de frenesí, sólo piensan en lo que van a hacer. Mas el fuego les abrasará». 14. Tomás respondió: «Nos has convencido ~ plenamente, Señor. Pensamos de corazón, y es evidente que así es, que tu palabra basta. Mas, para el mundo, esas palabras resultan ridículas y despreciables, pues han sido mal comprendidas. ¿Cómo podríamos, pues, predicar, si el mundo nos desprecia?» Y el Salvador le contestó: «En verdad, te digo que, quien oiga tu palabra y te vuelva la espalda riendo o sonriendo desdeñosamente será juzgado ante el Regidor que en lo alto reina sobre las potencias como un rey. Y le hará dar media vuelta, y desde lo alto lo abandonará en los fondos abisales, donde quedará encerrado en un oscuro reducto. 15. Y el Salvador siguió , diciendo: «¡Desgraciados de vosotros, los ateos, los que no tenéis esperanza, y confiáis que eso no llegará! 16. «¡Desgraciados de vosotros, los que os reinstauráis en la carne, esa prisión que perecerá! ¿Durante cuánto tiempo estaréis indiferentes? Las cosas imperecederas, ¿creéis que también pasarán? Vuestra esperanza se basa en el mundo, y vuestro dios es esta vida. Y os dedicáis a corromper vuestras almas. «Desgraciados de vosotros por el fuego que os quema, porque ese fuego es insaciable». 17. «Desgraciados de vosotros por culpa de la rueda que ira en vuestro cráneo «Desgraciados de vosotros por lo que en vosotros quema, porque os consumirá la carne y arruinará secretamente vuestra alma. Y preparáos para vuestros compañeros! 18. «¡Desgraciados de vosotros, los cautivos, pues estáis encadenados en las cavernas! ¡Reíd sí! Desternillaos de insensatas risas. Estáis inconscientes de vuestra perdición y no pensáis en lo que os rodea, ni habéis comprendido que erráis en la oscuridad y en la muerte. Por el contrario, os habéis embriagado de fuego y estáis llenos de hastío. Vuestro espíritu está alterado por la llama que hay en vosotros. ¡Y qué dulce resulta, para vosotros, la corona de follaje de vuestros enemigos! Mas, con la luz, para vosotros ha surgido la tiniebla, y vuestra libertad tendrá que dar paso a la servidumbre. Habéis ensombrecido vuestros corazones y abandonado ~ vuestros pensamientos al delirio, habéis llenado vuestro pensamiento con el humo del fuego que en vosotros está. Y vuestra luz se ha ahogado en las nubes de la oscuridad y ha quedado oculta por el velo con que la habéis cubierto, vosotros [...] fascinados por una esperanza falaz. ¿Y en qué consiste aquello en que habéis creído? Ignoráis vuestro error [...]. Habéis bautizado vuestras almas en el agua de la tiniebla. Os habéis paseado por vuestras propias quimeras. 19. «¡Desgraciados aquellos que permanecen en el error sin preocuparse de que el Sol, ese Sol que juzga y vigila el Todo, rodee un día todo como para dominar al enemigo. No prestáis atención a la Luna, a la forma en que mira hacia abajo, día y noche, vigilando el cuerpo de vuestras envolturas carnales! 20. «¡Desgraciados de vosotros apegados a las relaciones íntimas con la mujer y que ensuciáis vuestro trato con ella! «¡Desgraciados de vosotros, por el poder de los malos demonios! 21. « ¡Desgraciados de vosotros que extraviáis vuestro ahínco en medio del fuego! ¿Quién aplicará sobre vosotros ese frescor rosado que pueda extinguir la brasa que os consume? ¿Quién hará, pues, que el Sol luzca sobre vosotros para disipar vuestras tinieblas y velar la noche de las aguas polucionadas? El Sol y la Luna os traerán buen olor, y también el aire y el espíritu de la tierra y de las aguas. Pues si el Sol no luce para esos cuerpos, se mustiarán y perecerán como la hierba. Si el Sol luce sobre las malas hierbas, éstas crecen y perjudican la viña; pero también crece la viña, extendiendo su sombra sobre la mala hierba y toda la grama que crece a su alrededor. La parra, sí, crece y se desarrolla, para acabar ocupando todo el lugar en que crece dominando el espacio que sombrea. Entonces, cuando se ha desarrollado, cubre todo el terreno y es próspera para su propietario, cuya alegría es tanto mayor cuanto mayor peligro ha sufrido de verse invadida por la vegetación. Pero la viña, por sí sola, ha destruido y suprimido la maleza». 23. «Benditos seáis, los primeros en aprender cuáles son los escollos y que habéis huido del que puede enajenaros. 24. «Benditos seáis, vosotros, los injuriados despreciados a causa del amor que por vosotros siente el Señor». 25. «Benditos seáis, los que lloráis y ~ oprimidos por quienes están sin esperanza, se os librará de todas las cadenas». 26. «Velad y rogad para no quedar prisioneros de la carne y poder así libraros de los lazos de la amargura de esta vida. Pues, si rezáis, encontraréis el sosiego perdido dejando tras vosotros el sufrimiento y las adversidades. Porque cuando os ' hayáis librado de los sufrimientos y de las pasiones del cuerpo, recibiréis la paz de Quien es bueno y reinaréis con el Rey al que estáis unidos y reinará con vosotros, ahora por siempre y jamás Amén.»
El Libro de Tomás. El Campeón escribe a los Perfectos. Acordaos también de mí, hermanos, en vuestra plegarias. Paz a los santos y a los pneumáticos
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